Blog sobre el Señorío de Molina (Guadalajara), su identidad, cultura, patrimonio y turismo.
domingo, 14 de junio de 2015
Microhistorias molinesas (IV). La casa de Manuel Herranz de Hombrados. Conocer es amar, y a medida que uno se adentra más en el pasado del Señorío de Molina, más se va fascinando por el potente legado cultural que posee. Hoy nos acercamos a otras formas de protección simbólica contra agentes visibles e invisibles que quedaron plasmadas en elementos de la arquitectura vernácula.
No recuerdo bien cuándo "descubrí" el elemento arquitectónico que propongo en esta entrada, pero su conocimiento se lo debo a mis padres que en las tardes de domingo, en cuanto llegaba el buen tiempo, nos llevaban a mi hermana y a mí a visitar los pueblos de la comarca. Sabían instintiva e intuitivamente que solo a través del conocimiento se puede llegar al aprecio de lo propio.
Tronera en forma de cruz en la casa de Manuel Herranz de Hombrados
Fte. imagen: elaboración propia.
En esta ocasión nos acercamos Hombrados, pueblo de la sesma del Pedregal donde nos encontramos con una interesante muestra de epigrafía destinada, según las mentalidades del pasado, a ahuyentar al mal en sus múltiples manifestaciones que, como hemos visto en entradas anteriores, podían ser los agentes atmosféricos, las epidemias, o acaso partidas de bandoleros o militares de bandos enemigos, fuesen cuales fueran las contiendas del momento.
Hombrados, un lugar donde aprender.
Hombrados siempre me ha parecido un pueblo muy interesante, por las muestras de arquitectura que ha conservado pero también por su historia. Siempre me ha llamado la atención su soberbio pairón de la Virgen del Pilar (1746) a la entrada del pueblo por la carretera, si bien en la antigüedad, parece que en este pairón confluían varios caminos que conducían desde Hombrados a El Pobo, Anquela del Pedregal y Morenilla. También resulta todavía imponente, en la plaza, la casa grande de los Chantos-Ollauri, los detalles de buena cantería de la casa lugar y el no tan antiguo, pero sí rotundo, juego de pelota.
Escudo en la casa grande de los Gonzlez Chantos Ollauri.
Fte. imagen: elaboración propia.
Por supuesto, su iglesia conserva elementos no solo de interés artístico, sino también de un enorme interés antropológico: en ella he podido ver todavía un banco de la justicia con las armas reales de Castilla y León pintadas, donde se sentaban los miembros del ayuntamiento. Elementos muebles que, en ocasiones, poseen un valor histórico innegable pues que hablan de una larguísima tradición institucional, incluso anterior a la implantación de ayuntamientos constitucionales en el Señorío en el siglo XIX, dado que en 1767 los pueblos mayores de 10 vecinos pasan a gobernarse por ayuntamientos, dejando en un lugar secundario el gobierno a través de concejos que había existido en las aldeas molinesas desde la Edad Media.
Respaldo del banco de la justicia.
Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción de Hombrados.
Fte. imagen: elaboración propia.
Y un antiquísimo ataúd que servía para todos los difuntos del pueblo, algo común en todas partes, pero de los que quedan escasísimos ejemplos: cuando la comitiva fúnebre llegaba a la fosa, el ataúd se abría y se depositaba el cuerpo en la sepultura. Estos ataúdes podían servir también como túmulos o tumbos que, una vez revestidos con telas negras sobre las que no solían faltar las muertes, o sea, la calavera y las dos tibias (bordadas o incluso reales), se colocaban ante los altares en celebraciones de cabo de año y otras memorias de difuntos.
También se conserva en esta iglesia un conjunto de campanas interesantísimo, por su antigüedad y por su calidad. Campanas que no me he resistido a mencionar en las dos entradas anteriores. Una campana gótica del siglo XVI y otra más moderna, datada en en la segunda mitad del siglo XIX la cual, al parecer, fue mandada fundir por encargo del Dr. Diego A. González Chantos, decano del cabildo de la catedral de Sigüenza y, por alguna razón, refundida en 1867 por los campaneros-fundidores Argos, Colmalubieta y Quintana. Es la campana de la obtuvimos imagen de la lagartija o salamandra de la entrada anterior. En mi opinión es una de las campanas más interesantes y de mejor sonido de cuantas conozco en el Señorío.
La casa.
Sin embargo, para mí, uno de los atractivos mayores que existen en el pueblo es una casa, creo que bien conocida a través de numerosas publicaciones que se han llevado a cabo en los últimos años y que en su fachada de poniente presenta un larguísimo texto epigráfico de finales del siglo XVIII que, al menos para mí, fue un enigma durante muchos años. Se localiza a las afueras del pueblo, en la calle de las Hondonadas, en lo que durante siglos debió de ser el camino del despoblado de Alcalá y una de salidas (entradas) desde Molina.
La casa no destaca por sus dimensiones, acaso tenga dos plantas y cámara en su interior. En la fachada de saliente conserva un patio delantero con algunas dependencias para animales domésticos y, en ella, solo se muestran diversos vanos de ventana con recercado de piedra y un pequeño vano romboidal con decoración de volutas, practicado en una pieza de sillería. Los vanos se disponen siguiendo el clásico eje de simetría que se encuentra en toda la comarca: tres vanos en la cámara, tres vanos en la primera planta. y dos vanos a ambos lados de la puerta ubicada en el centro.
Casa de Manuel Herranz. Parte de saliente.
Fte. imagen: elaboración propia.
En su parte posterior, la orientada a poniente, la casa adquiere un aspecto fuerte, de modo que apenas se encuentran tres pequeños vanos: los dos que se encuentran formando parte de la composición del texto (un pequeño arquillo y la tronera en forma de cruz) y un pequeño hueco de las dimensiones y características del ventanico romboidal que se encuentra en la parte delantera de la casa.
Casa de Manuel Herranz. Parte de poniente.
Fte. imagen: elaboración propia.
El texto.
Lo que parece claro es que la casa se encontraba posicionada durante siglos de tal modo que era lo primero que se encontraban los caminantes bien o mal intencionados al entrar al pueblo. Asimismo, se localiza orientada hacia el lugar de donde provendrían las tormentas habitualmente. El texto es el siguiente:
Texto epigráfico en su facha de poniente.
Fte. imagen: elaboración propia.
O(H), qVE MV- +
(cruz) Cho lo DÉ A-
llÁ, Y qVE POCO lo DÉ ACÁ.
tENEr MI-(ventanuco de arcor) SERICOR-
DIA SEÑOR (ventanuco) DEStOS YJOS MO-
R(ADOR)ES DE HON- (ventanuco) BRADOS. PErO
CÓMO qVIERES PECADOR, SALBARTE SI PONES GVE(R)-
RA, SI SABES qE JESVCRISTO, tIENE DE PAZ LA BANDERA,
LOS qE BAIS POR EL CAMINO, NINGVNO POr BALEROSO, FÍE
DE SV PODEr, qVE EStA VIDA ES VN SOPLO,
Y (H)A DE PENAR DESPU(É)S. NO DIgÁYS MAl DE LOS
CRIStIANOS, TEMER Al YNFIERNO DON-
DE SE CAStIGAN A LOS MA- + (cruz) LOS. YO PErDONO A MIS ENE-
MIGOS, A tODOS PIDO PErDÓN, tIMITE DEVN, MISErICOr-
DIA
SEÑOR.
CrEO EN JE-
SVCRISTO, ES-
PErO ME (H)A DE LI-
BrAr, POR MEDIO
DE LA VI(R)GEN, DEL
DrAGÓN INFE(R)NAL.
(Ventana en forma de cruz de calvario): DI-OS SO-BRE tO-DO
AVE MA-
RIA SIN/PECADO
CON-
CE-
VIDA.
LO (H)A ESCrITO MANVEL HER(R)ANZ MArtINEZ.
AÑO DE I79I.
Ciertamente, transcrito así, respetando los usos gramaticales y las grafías de la época (mayúsculas y minúsculas que se mezclan), el texto es un verdadero galimatías. Sin embargo. si éste se presenta de otro modo, se convierte en una interesante plegaria a Dios, y una llamada de atención al caminante que entraba en Hombrados por uno de los principales caminos del lugar:
+
¡Oh!, que mucho lo dé allá
y que poco lo dé acá.
Tened misoricordia Señor
de estos hijos moradores de Hombrados.
Pero cómo quieres pecador
salvarte si pones guerra
si sabes que Jesucristo
tiene de paz la bandera.
Los que vais por el camino,
ninguno por valeroso
fíe de su poder,
que esta vida es un soplo
y ha de penar después.
No digáis mal de los cristianos,
temed al infierno
donde se castiga a los malos.
Yo perdono a mis enemigos,
a todos pido perdón,
Timite Deum [temed a Dios],
misericordia, Señor.
Espero me ha de librar,
por medio de la Virgen,
del dragón infernal.
+
Dios sobre todo.
Ave María,
sin pecado concebida.
Lo ha escrito Manuel Herranz Martínez.
Año de 1791.
Aunque no me gustan demasiado las adaptaciones, en las que los textos antiguos pierden su sabor añejo (y desde luego información), pienso que en este caso es importante, para que este elemento de la cultura popular sea valorado actualmente.
Otro aspecto de interés es el vano en forma de cruz en torno al cual gira la expresión Dios sobre todo, y sobre el cual, incluso, se encuentra grabada a su vez una cruz rompiendo la palabra "malos". Un verdadero blindaje contra el "dragón infernal" al que alude el texto.
También es interesante la composición a base de 20 sillares de piedra arenisca blanca que, pese a ser una obra de carácter popular, sin duda fueron objeto de un diseño preconcebido y, desde luego, montados, presentados, en el suelo antes de colocarlos sobre la pared, a fin de que el texto fuera perfectamente legible en la época.
Desconozco más circunstancias de esta casa pretéritas o actuales, tampoco quién fue el tal Manuel Herranz, del que seguramente en un futuro alguien reconstruirá, en la medida de lo posible, su semblanza prosopográfica, su trayectoria vital y social, a través de fuentes como los registros parroquiales e incluso, de conservarse, los libros de concejo.
Por el momento nos quedamos con la belleza del desconocimiento, de lo solamente insinuado, con la fortuna de haber podido conocer esta casa sin retoques durante siglos, y la esperanza de que, si algún día vuelve a habitarse, su rehabilitación conserve toda la dignidad que ha mantenido desde su construcción.
domingo, 7 de junio de 2015
Microhistorias molinesas (III). Tocar a nublo.
Campana de Cobeta (Sesma del Sabinar). Siglo XVIII.
Fte. Imagen: Ricardo Quiles.
Como se comentaba en la entrada anterior, una de las formas más habituales de conjurar las tronadas era tocar las campanas. Las campanas, por su carácter sacro, por su bendición especial, por su bautismo, poseían unas propiedades, según las mentalidades del pasado, que las convertían en elementos ideales para proteger a las poblaciones y sus términos de las tormentas, muchas veces provocadas por las huestes adversas.
Durante siglos, basadas las poblaciones en estas convicciones, se mantuvo la costumbre de tocar a nublo, y en los contratos que
parroquias y concejos hacían a los campaneros-sacristanes, se especifica
siempre, hasta el siglo XX incluso, su obligación de tocar para este fin. En 1847 hallamos el contrato de un campanero en Alustante, acordado en sesión del Ayuntamiento con la presencia del párroco, y entre los muchos puntos del mismo se encontraba: "hacer señal con la campana cuando se dé la santa unción y tocar a nublo
según costumbre; ha de ser a su cargo igualmente regir el reloj, dándole doce
reales y demás necesario por todo el año". (A.M.Alust., sign 3.3, 13v.).
Cuándo se toca a nublo
En determinadas zonas de León y de Castilla, se tocaba en la víspera de Santa Brígida (31 de enero por la tarde) (Suárez, 1997: 394), y se tenía por creencia que tocando en los tres primeros días de febrero se evitaban las granizadas de todo el año pues "en aquellos tres días se cuaxa el granizo, que en el discurso del año ha de dañar los frutos" (Feijoo, 1750: 165). También el día de Santa Águeda (5 de febrero) parecía ser otro de los días en los que se tocaba a nublo con ese mismo fin . Ésta debía de ser la razón por la cual era costumbre tocar las campanas aquella noche, con la particularidad de que eran las mujeres las que ejecutaban estos toques, los cuales fueron prohibidos en el siglo XVII, de lo cual queda constancia en el obispado de Sigüenza en 1655 y en el arzobispado de Zaragoza en el sínodo de 1697 (Gelabertó, 1996, 106). En nuestro antiguo obispado se dictaminó:
“Y porque estamos
informados que la noche de Santa Águeda y Santa Brígida, y de los difuntos,
acostumbran algunas mugeres a tocar las campanas, assí las de los sacristanes como
otras, de que se pueden seguir los inconvenientes que se dejan ver, mandamos a
los curas que por ningún caso lo consientan, ni tampoco que ninguna de las
dichas mugeres, aunque sea la del sacristán, se queden de noche en las
iglesias, y si lo hizieren, los curas las eviten de las horas y oficios
divinos, y las penen por cada vez en dos reales para la fábrica de la iglesia (Santos, 1660: 55).
Es posible que en esta prohibición hubiese un doble transfondo: misógino y anti-superticioso. Y si en el obispado de Sigüenza parecía pesar más lo primero, en el arzobispado de Zaragoza se tenía más en cuenta que estos toques se realizaban "la noche de Santa Águeda, so color supersticioso y observancia vana, que en aquélla se forman o engendran los nublados" (Gelabertó, 1996, 106). Quizá por esas razones en las que la cultura popular resulta ser más fuerte (o al menos mejor corredora de fondo) que la cultura oficial, se conservó esta costumbre en pueblos del Señorío, como Fuentelsaz, donde pudimos registrar hace años un repique que se hacía para Santa Águeda.
Audiovisual: Repique de Santa Águeda. Fuentelsaz.
Fte.: Elaboración propia.
Tras ese prolegómeno que se centraba en los primeros días de febrero, el toque se comenzaba a hacer el 3 de mayo, día de la Invención de la Cruz. Por
norma general se tocaba a medio día en el momento en el que se rezaba el Ángelus, de modo que durante el periodo del año en el que duraba su ejecución sustituía al toque ordinario de oración, basado en tres series de tres badajadas espaciadas por tres silencios en los que debía caber el rezo del Ave María. Era este, pues, un toque preventivo que se ejecutaba cotidianamente entre la primavera y el
verano, hubiese o no amenaza de tormenta.
Su fecha de
finalización podía ser San Pedro (29 de junio), la Virgen de Agosto (15 de
agosto) o incluso el día de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre), de
modo que en muchos lugares en los que regía esta última fecha se hablaba de que el toque cubría “de Cruz a Cruz”. Como se puede observar, fueran cuales fuesen las fechas
en las que se tocaba a nublo, todas ellas tenían una incuestionable relación
con ciclo agrario.
Aparte
de estos toques preventivos, claro está, el toque de nublo se repetía en el momento real en
el que amenazaba la tormenta. Era entonces cuando el toque cobraba todo su
sentido. No he llegado a saber quién era el que pedía al campanero que subiera a tocar en estos momentos tan comprometidos para la comunidad, o si era el propio campanero el que sabía por experiencia propia y colectiva, el momento más indicado para ejecutarlo. Es muy probable, no obstante, que fueran los oficiales de los concejos los que dispusieran cuándo había que tocar. Se habla de la peligrosidad que conllevaba este toque para el campanero (Llop y Alvaro, 1986: 28) e incluso de las muertes de muchos de ellos alcanzados por el rayo (Ariño, 1988:145 apud Alonso, 1993:145). Parece obvio (hoy) que era una temeridad subir al campanario en medio de una tronada y estar manejando unos objetos de metal pero, sin duda, era mayor la necesidad que la percepción de peligro. Asimismo, "la cultura popular rural construía en torno a la campana toda una devoción por su supuesto carácter infalible rompedor de mil nublados. Para el limitado horizonte cognitivo de la cultura campesina no hay duda de que esta propiedad tendría un valor de ciencia exacta". (Gelabertó, 1991: 332). Cómo se toca a nublo.
La sensación de haber llegado tarde es una de las que más frustración producen en el investigador. Pensar que durante siglos se ha estado repitiendo un fenómeno antropológico determinado y que las personas que lo han reproducido tan solo hace unos años que han muerto y que las que lo han conocido apenas recuerdan unos pocos detalles, a veces inconexos, es muchas veces decepcionante. Si a esto se une el desinterés social e institucional que ha habido y todavía hay por preservar dichos fenómenos culturales, la labor del investigador, no solo se desarrolla hoy en una precariedad antológica sino que esto seguirá sucediendo en el futuro. Con el consiguiente empobrecimiento cultural de los pueblos. Claro está, hablamos de un patrimonio "poco importante" de ese que aquí se ha despreciado sistemáticamente (de nuevo nos topamos con la Subcultura del ¡bah! )y que en otros territorios españoles y, por supuesto, en Europa, se valora como una de las herencias más apreciadas.
Audiovisual sobre la conservación de toques de campanas en Inglaterra.
Así pues, si bien he podido
comprobar que en todos los pueblos del territorio de Molina alguien recordaba que el
toque de nublo se hacía en el pasado, muy pocas personas sabían exactamente cómo se tocaba. He de decir, sin embargo, que yo lo aprendí en Alustante a través de mi abuelo Juan que, ya enfermo, me lo canturreaba moviendo los brazos, como si tocara realmente las campanas y, años después, ya en el campanario, pude confirmar, gracias a Antonio Sánchez Rezusta "Olemaña", hijo del campanero que precedió a mi abuelo, que el toque era tal como se me había transmitido en casa. He de decir que fue todo un cúmulo de casualidades, pero lo importante es que logré aprender el toque.
Extrapolar un caso particular a un ámbito general siempre es arriesgado, aunque es muy probable que el toque fuera muy parecido en el resto del Señorío de Molina e incluso de buena parte del antiguo obispado de Sigüenza. Es sabido que estos toques, al incitar a la oración, a plegarias populares, también acabaron inspirando cancioncillas, a través de las cuales quizá podemos averiguar qué ritmos predominaban en estos toques. Aunque hay más temas rítmicos en la Península para tocar a nublo nos hemos fijado en dos de ellos: el llamado tintilinublo(que reproducimos en el vídeo), y el tema tente-nube, cuya extensión geográfica fue tal que se encuentra tanto en Aragón como en León y Castilla, e incluso se han hallado variantes en Sudamérica. En realidad son muy parecidos uno y otro, de modo que es probable que procedan del mismo tema rítmico: el tente-nube se basa en grupos de cocheas (a veces con una negra al inicio de compás) y el tintilinubo ha adquirido más notas de adorno. El primero de los dos temas, el tente-nube, basa su nombre precisamente en la recitación de unos versos como fórmula nemotécnica que, al menos en el área leonesa era así: "ten-te-nu-be, ten-te-tú, qué-más-pue-de-Dios-que-tú" (Suárez, 1997, 395). Sin embargo, sin duda existieron otras pequeñas cancioncillas que acompañaron a este popular tema, una de ellas la conocidísima Santa Bárbara bendita, que precisamente en el Señorío de Molina decía:
Santa Bárbara bendita
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita,
si es de agua ven acá
si es de piedra tente allá. ... De los moros es la piedra de nosotros es la cruz. Pater noster, Amén Jesús. (Sanz, 1985: 197)
Que se conservaran en el territorio oraciones, canciones, poemas siguiendo este ritmo, indica que quizá el tente-nube también pudo oírse desde los campanarios de nuestros pueblos. En cuanto al tintilinublo, la existencia de cancioncillas que lo acompañaban fue demostrada por José Antonio Alonso en tres versiones recogidas en otros tantos pueblos del antiguo obispado de Sigüenza: Robledo de Corpes (Tierra de Jadraque), Sienes (Episcopalía de Sigüenza) y Ciruelos del Pinar (Tierra de Medinaceli) (Alonso, 1993: 162), lo cual indicaría que al menos este toque (y quizá alguno más) habría tenido una difusión diocesana. Veamos la letra del tíntilinublo en Ciruelos del Pinar: Tintilinublo que viene nublo con una mula blanca y otra negra. Dile a la abuela que toque la vihuela; dile al pastor que toque el tambor; dile a Perico que toque el abanico. Y si no lo toca bien que le den que le den que le den con el rabo de la sartén. En el territorio del Señorío de Molina, Mariano Marco publicó en el periódico Labros
unas valiosísimas coplillas que muestran aproximadamente cómo podría ser los
temas rítmicos de este tipo de toques en el conjunto de la comarca (Marco, 2002:
4):
Ténterenulo que
viene nulo (sic)
por el cerro de la
Mesa,
con los ángeles de
San Juan;
que sea de agua y
no de piedra,
por el bien y por
el pan.
Ténterenublo que
viene nublo
por los cielos de
Aragón;
si es con agua,
que nos llueva
y si no vaya con
Dios.
Tántara tin,
tántara tan,
unos vienen y
otros van,
las mañanas de San
Juan.
Audiovisual: Tintilinublo. Alustante (Sesma de la Sierra)
Fte.: Elaboración propia.
Puesto que, aparte del toque de nublo ordinario, interpretado a medio día, el toque se repetía cuando llegaba de verdad la tronada, y que además de la atribución sagrada de las campanas, en este caso también se valoraba el ruido por su poder contra el nublado, cabe también la posibilidad de que, como ocurría en tantas partes de Europa, el toque de nublo en estos casos consistiese en un bandeo general de las campanas.
Así pues, Francesc Llop registró a principios de la década de 1980 esta costumbre en la comarca de Sobrarbe. Este ritual se encuentra documentado en multitud de lugares: en el siglo XVIII en la Auvernia de modo que:"le guste o no, en la mayor parte de la provincia, el cura debe permitir que sus parroquianos lancen las campanas al vuelo para alejar la amenaza de granizo en caso de tormenta" (Goubert, 1976). El hecho de hacer sonar las campanas a carillon tras ciertos toques a badajo, durante una tormenta, habría alcanzado en Francia la década de 1990 (Sutter, 2007: 10).
Vigencia y desaparición del toque de nublo.
La creencia sobre la
efectividad de este tipo de toques, en el ámbito popular al menos, parece ser
que se mantuvo vigente hasta las décadas de 1940-60, pero desde al menos el
siglo XVI en el ámbito de la cultura oficial, este tipo de prácticas
comienzan a cuestionarse.
Eugenio Moreno Alonso (1924-2014)
Campanero de Tartanedo (Sesma del Campo).
Fte. imagen: Elaboración propia.
El Pontificale Romanum,
esto es, el libro donde se contienen las ceremonias, bendiciones, funciones,
etc. pontificias y episcopales, conservó a lo largo de los siglos fórmulas
rituales que ponían de relieve, con claridad, las propiedades apotropaicas de
las campanas:
“(…) donde quiera que suene esta campana, huya
lejos la fuerza oculta, la sombra fantasmal, el ataque de los torbellinos, el
golpe del rayo, la herida de los truenos, la calamidad de las tempestades y
todo espíritu de las tormentas (…) y cuando su melodía suene en los oídos de
los pueblos, crezca en ellos la devoción de la fe, yexpulse lejos todas las
asechanzas del enemigo, el estruendo del granizo, los torbellinos, el ímpetu de
las tempestades; que los soplos de los vientos se tornen provechosos, y acaben
amainando; dobléguense a tu diestra las potestades del aire; que al oír esta
campana tiemblen y huyan ante la santa cruz de tu Hijo representada en esta
bandera (…)” (Trad. propia apud Ferreres, 1910: 43-45)*.
Sin embargo, en el siglo XVI ya se observan
intentos por explicar de una forma racional, sin eliminar del todo lo anterior,
el efecto que había atribuido a las campanas sobre las tormentas. Así pues, el
matemático y eclesiástico, natural de la vecina Daroca, Pedro Sánchez Ciruelo, en
su tratado Reprouaciónde las supersticiones y hechizerías,
editado en Salamanca en 1538, condena la fe en los nigrománticos y en los que
se dicen “públicos conjuradores”, esto es, personas que cobraban por hablar con
las nubes, cargadas de demonios, para que se alejaran de los poblados,
señalando “que todas estas cosas comúnmente vienen por curso natural de sus
causas corporales, y no porque los demonios las trayan”. (Sánchez, 1538: 43r).
Con todo, Ciruelo aún consiente que “dado caso
por nuestros pecados alguna vez acabo de muchos años permita Dios que los
diablos trayan nublados y tempestades a nuestra tierra, aquello es por
maleficio de algún nigromántico que haze cerco e inuoca a los diablos para
hazer mal y daño en algún lugar, y aun algunas vezes lo hazen los diablos por
mandado de Dios, que está ayrado contra algún pueblo” No obstante, la lectura
detenida de la obra Ciruelo sobre este tema vierte muchísima más razón que
superstición, lo cual debió de influir enormemente, ya por aquel entonces,
entre las clases instruidas o, al menos, las no incluidas en la categoría de la
“simple gente”, especialmente en el clero.
Como
matemático, Pedro Sánchez Ciruelo también intenta explicar el sentido de tocar
las campanas ante la amenaza de tormentas:
“En este caso de tempestad de nublados, el remedio natural es que se
hagan los mayores estruendos y mouimientos que pudieren en el ayre, conviene a
saber: que hagan tañer en torno y a soga las mayores campanas que ay en las
torres de las yglesias y las que más rezio sonido hagan en el ayre y junto con
esto hagan soltar los más rezios tiros de artillería que se pudieren armar en
el alcázar o fortaleza de la cudad, los tiren contra la mala nuue.
“La razón desto es porque ella es vna espesura o congelación
hecha por el frío, y haziendo aquel grande mouimiento en el ayre con las
campanas y bombardas, despárzese y caliéntase algo el ayre, y ansí la nube se disuelue o derrite en agua
limpia sin granizo o piedra, y también hazen mouer de allí la nuue a otro lugar
con el grande mouimiento de ayre” (Ibídem:
54r).
Salamandra en una campana de Hombrados (Sesma del Pedregal)
Fte. imagen: Elaboración propia.
Sin duda, ya por influencia de teóricos como Ciruelo, parece
haber entre el clero seguntino disensiones contra los poderes civiles locales,
lo cual se ataja desde el Sínodo diocesano de 1655, conservando la vigencia de
estos toques y justificándose por la preservación de las cosechas, de las que
se extraen los diezmos:
“Otro
si, por quanto estamos informados que algunos curas impiden a los concejos el
aprovecharse de las campanas de la iglesia parrochial para tocar a nublo, y
para quando es necesario, que se junten a concejo, mandamos a los curas, que
por ningún caso se lo impidan por ser en beneficio público; con tal, que si por
culpa suya se quebraren, tengan obligación a su reparo, y exortamos a los
curas, que cuando amenaza tempestades en verano, cuiden de conjurar, por lo
mucho que importa a ellos y a los demás interesados en los diezmos” (Santos:
1660: 55).
Hay que tener en cuenta que las Constituciones emanadas de
este Sínodo se mantienen vigentes nada menos que hasta 1948, año en el en que
el obispo D. Luis Alonso Muñoyerro convoca uno nuevo. No obstante, esta
disposición acerca de los toques de concejo y nublo se conservan y, aunque,
evidentemente ya no se habla de diezmos (abolidos en la primera mitad del sigo XIX), se continúa hablando de beneficio público para la preservación de estos toques (Alonso,
1948: 178). Esta sería la razón por la que se conservaran en los
pueblos de la antigua diócesis de Sigüenza hasta hace no demasiadas décadas.
A preservar el patrimonio tocan.
Como causa directa, aparente, la desaparición del toque de nublo se encuentra en el cambio litúrgico que se da en la Iglesia Católica en las décadas de 1960-1970, sin embargo, la causa última (o primera) está en el profundo cambio social y mental que ha experimentado el medio rural
español. Hoy, desde luego, nos parecería del todo impensable seguir
interpretando estos toques con el fin de deshacer una nube, más aún cuando, tras casi cuarenta años de recibir día tras día información del Metosat en nuestras casas, se sabe que no existe una relación causa-efecto entre el sonido de las campanas y la circulación general de la atmósfera, lo que justificaría de sobra que la razón de ser de estos toques ha desaparecido por
completo.
No obstante, su conservación no es para nada una cuestión descabellada. Desde hace tiempo, el patrimonio cultural intangible se está
comenzando a valorar tanto a escala internacional como nacional y
regional. En mi opinión, reconocer su valor y dotar de protección a aspectos culturales inmateriales mantenidos
durante siglos, elevarlos al nivel del interés que gozan ciertos monumentos, objetos o restos tangibles, está siendo uno de los grandes logros de las
sociedades de finales del siglo XX y principios del XXI.
Filomeno Escalera Benito
Campanero de Taravilla (Sesma del Sabinar).
Fte. imagen: Elaboración propia.
La UNESCO, el conjunto de la Unión Europea y, poco a poco el Estado Español, están abogando a través
de diferentes instrumentos para salvaguardar este tipo de patrimonio. A escala regional, la elaboración de la Ley de Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha, aunque pueda ser mejorable, también pone en el punto de mira fenómenos
culturales del tipo que hemos descrito en este artículo. Sea como fuere, esta realidad nos apremia a los
ciudadanos y ciudadanas -también a los vecinos y vecinas del Señorío de Molina- a seguir trabajando para que nuestra cultura inmaterial
se pueda seguir preservando y transmitiendo sin complejillos, conscientemente, con dignidad, a generaciones futuras. Notas: * (…) ubicumque sonuerit hoc tintinabulum, procul recedat virtus insidiantium, umbra phantasmatum, incursio turbinum, percussio fulminum, laesio tonitruorum, calamitas tempestatum, omnisque spiritus procellarum (…) et cum melodia illus auribus insonuerit populorum, crescat in eis devotio fidei; procul pellantur omnes insidiae inimici, fragor grandinum, procella turbinum, impetus tempestatum; temperentur infesta tronitrua; ventorum flabra fiant salubriter, ac moderate suspensa; prosternat aereas potestades dextera tuae virtutis; ut hoc audientes tintinabulum contremiscant, et fugiant ante sanctae crucis Filii tui in eo depictum vexillum (…)” Bibliografía:
ALONSO MUÑOYERRO, Luis (obispo).Sínodo diocesano del
obispado de Sigüenza. Talleres tipográficos "Box": Sigüenza,
1948.
ALONSO RAMOS, José
Antonio. "Supersticiones y creencias en torno a las tormentas"
en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, nº 25 (1993), pp.
143-182.
FEIJOO, Benito.
"Días aziagos" enCartas
eruditas y curiosas.Madrid: Imp.
Herederos de Francisco del Hierro, 1750, tomo III, pp. 161-167 (BNE,3/73939).
FERRERES, Juan B. Las
campanas. Tratado histórico, litúrgico, jurídico y científico. Madrid:
Admon. de Razón y Fe, 1910.
GELABERTÓ VILAGRÁN,
Martín. "Tempestades y conjuros de las fuerzas naturales. Aspectos
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domingo, 31 de mayo de 2015
Microhistorias molinesas (II). Tiempo de tronadas.
Tronada en Alustante.
Fte. imagen: elaboración propia
Uno de los principios no escritos que tenían los viejos campaneros de los
pueblos era no cansar con ritmos monótonos en los repiques. Con este afán, gustaban de introducir constantes variaciones en sus interpretaciones basadas en un
leitmotiv, de manera que el pueblo reconocía siempre el toque pero no se cansaba de
oírlo, por mucho que durase (Llop y Álvaro, 1986: 40).
Del mismo modo,
aunque seguiremos trabajando en próximas entradas sobre el tema de la
geografía histórica que venimos exponiendo en los últimos meses, no quiero
cansar al lector/a con una temática monocorde.
Por ello, aunque me
parece importante seguir conociendo el escenario geográfico en el que se ha
desarrollado nuestra identidad molinesa, creo que ha llegado el momento de
continuar con otros temas que también forman parte del mosaico del que
se compone nuestra herencia colectiva.
Retomando la línea de la primera de las entradasde este
blog, nos gustaría seguir contando nuestra historia desde el enfoque de lamicrohistoria, una forma de investigar y exponer el pasado considerablemente novedosa y que, sin descuidar nunca los contextos generales,
trata de “poner la lupa” en lugares y episodios concretos, habitualmente poco o
nada tratados por la Gran Historia de reyes y batallas. Una corriente
historiográfica que siempre me ha interesado por su frescura y posibilidades
que ofrece.
En esta ocasión vamos a dedicar dos entradas (ésta y la de
la semana que viene) a sumergirnos en las mentalidades del pasado a través de
las creencias y conductas humanas ante el portento siempre temido y admirado de la tronada y
sus manifestaciones muchas veces dañinas: el rayo, la centella, el granizo.
Rituales contra las tormentas.
El ser humano ha temido desde siempre la tormenta y sus
efectos devastadores, especialmente para sus propiedades raíces, inmuebles y
semovientes, y para el mismo. En el Señorío de Molina todavía hemos escuchado
palabras que sustituían a otras consideradas tabú, y por ello impronunciables,
para denominar a las nubes, al rayo y la chispa eléctrica. Así, se habla de turbiones, exhalaciones y malas cosas
para referirse a este tipo de fenómenos meteorológicos. También el granizo, la
piedra, era otro de los grandes temores que inspiraba la tormenta.
Tenazas abiertas en forma de cruz.
Fte. Imagen: elaboración propia.
Hoy en día, que una cosecha se pierda no supone que deje de
haber pan en la panadería, la tienda o el supermercado, pero cuando la economía
era eminentemente local, que se apedreara una cosecha no solo suponía la
consiguiente pérdida del trabajo de todo un año.
No queremos subestimar de ningún modo lo que supone para el agricultor actual la pérdida de su cosecha, pero también es
cierto –y esto ya lo comentaba Sanz y Díaz hace décadas- este riesgo se cubre,
en lugar de con jaculatorias, con pólizas de seguros (Sanz, 1985: 197). Aunque
suene un tanto frívola esta reflexión del folklorista e historiador peralejano, lo cierto es que éste ha podido ser uno de los factores
clave que ha supuesto un cambio drástico en la mentalidad del trabajador de la
tierra en las últimas décadas.
En el pasado, por el contrario, la casi exclusiva
dependencia alimentaria de los productos
de secano y unos pocos productos locales
de huerta, unido al alto coste de los
transportes, incluso de un pueblo vecino a otro, la pérdida de una cosecha suponía
la ruina para las familias de toda la comunidad local y posibilitaba la
llegada del hambre. También el rayo podía matar los animales de labranza o una buena parte de un rebaño, o podía incendiar la vivienda o la majada, lo que suponía una evidente calamidad para una casa. Esto sin contar con la muerte de uno o varios de los miembros de la familia: una auténtica tragedia.
Por ello, era imprescindible defenderse de este tipo de
meteoros. Hay recuerdo en los pueblos (o lo había hasta hace unos pocos años, concretamente yo recogí hace años la noticia en Traíd)
de la existencia en el pasado de determinados rituales en los que los párrocos salían a las
puertas de las iglesias, o incluso subían a las torres, con la Sagrada Forma
contenida en custodias o con relicarios de santos a fin de conjurar las tronadas. Y es interesante que este recuerdo se haya
mantenido, porque ya en el siglo XVI se
cuestionaban estas costumbres (Sánchez, 1538: 44v) y en el XVIII ,las visitas pastorales insistían en la inconveniencia ese tipo prácticas (Sanz, 2007: 5), lo cual indica hasta qué punto el ser humano que ha
habitado en nuestra tierra, hasta hace poco, se sentía dependiente exclusivamente del cielo.
Existían además múltiples rituales populares que, seguro,
podrían describir otras personas mucho mejor que yo. Unas mantenían formas
claramente piadosas, como era la recitación de oraciones, como la oración de Santa
Bárbara o San Bartolomé o encender candelas desde el inicio de la tormenta hasta su
finalización; otras, aunque basadas más o menos en la ortodoxia católica, eran rayanas a lo
mágico.
Recuerdo que mi abuelo Juan, sacristán del pueblo hasta su
muerte en 1990, hacía unas cruces con la cera sobrante de las velas del
monumento eucarístico de Semana Santa, cera por lo tanto bendecida. Estas cruces se daban casa por casa el día
de Sábado Santo, a las que llegaba diciendo en cada portal: "¡Cuaresma fuera!". A cambio de estas cruces percibía una iguala por sus servicios a la
comunidad; se fabricaban con un molde de patata, se calentaban y se pegaban
cercanas a las chimeneas o a los vanos (los lugares más vulnerables de la casa), siempre en el interior.
Audiovisual: Fabricación de cruces de cera contra las tormentas.
Fte.: elaboración propia.
José Antonio Alonso recoge, asimismo, numerosas prácticas,
creencias y supersticiones en torno a este fenómeno en un artículo que
recomiendo encarecidamente a los interesados por estos temas (Alonso, 1993:
143-182)*. De este modo, recoge el uso de la cruz patriarcal de doble brazo (la
Cruz de Caravaca) como defensora contra las tormentas en pueblos como
Castellar, Campillo de Dueñas, El Pobo, Cubillejo de la Sierra, Cubillejo del
Sitio y Tierzo.
Cruz de doble brazo en uno de los estribos de la ermita de San Sebastián.
Alustante.
Fte. imagen: Elaboración propia.
El hecho de que las cruces de doble brazo o patriarcales (así es preferible llamarlas) se convirtieran en el pasado en amuletos contra las tormentas parece estar en que de las pocas que hubo repartidas por la Cristiandad, como símbolo del patriarca de Jerusalén, algunas de ellas en manos de contados dignatarios eclesiásticos y príncipes, contenían la reliquia del Lignum Crucis, es decir una (supuesta) astilla de la Cruz de Cristo.
Sin embargo, parece ser que en la Península, además de por esta razón, la cruz patriarcal comenzó a considerarse un símbolo cuasi-mágico a través de leyendas y tradiciones como la de la cruz patriarcal de León, llamada "la del fuego" pues fue echada a la hoguera en ordalía o juicio de Dios para comprobar si la reliquia que contenía era o no auténtica. En ella parece ser que pone: "Esta es la cruz milagrosa que saltó del fuego" (de la Fuente, 1886: 184). De ahí a considerarse un amuleto contra fenómenos ígneos, como el rayo y la centella, y acaso la pavesa o chusta que provoca el incendio doméstico, poco había.
José Antonio Alonso también comenta muchas otras costumbres. En Tartanedo se arrojaban a la calle
las tenazas de la lumbre abiertas para que adoptaran la forma de cruz, se
sacaban crucifijos a las calles y se
recitaba la oración a San Bartolomé, no solo por ser patrono del pueblo, sino uno de
los abogados contra las tormentas en toda la Cristiandad. También se sacaban
los Santos Misterios (unos corporales ensangrentados, tenidos por reliquia, muy parecidos a los de
Daroca) al atrio de la iglesia.
Las piedras protectoras son otro de los aspectos a los que
dedica José Antonio Alonso un interesante apartado. En Villel de Mesa se recogían piedrecillas durante la Semana Santa que se arrojaban a la calle cuando había
tormenta. También en Checa existía una costumbre parecida: los muchachos recogían
las piedras mientras tocaban las campanas a Gloria el Sábado Santo, las cuales
se guardaban y se arrojaban a la calle durante las tronadas.
Cruz patriarcal con sendas rosas exapétalas (simbolizan los dos luceros mayores: el sol y la luna) junto a los anagramas de Jesús y María. El triángulo inferior, a veces sustituido por una grada, es el monte Calvario. Cubillejo de la Sierra.
Fte. imagen: elaboración propia
En Alcoroches enla mañana de San Juan se iba al campo al
amanecer y se ponían las piedras boca arriba para proteger las cosechas del
granizo. Como ocurre en otras muchas partes de la Península, también había
creencia en las llamadas piedras del rayo, las cuales resultan ser hachas y
puntas de flechas talladas paleolíticas y pulimentadas neolíticas, las cuales se creía que eran la parte dura que dejaba el rayo al caer,
las cuales eran conservadas en las casas como elemento protector. Escalera es
uno de los puntos en los que Alonso recoge esta práctica.
En realidad en estos gestos nos encontramos con una suerte de magia empática, en la que la piedra protege de la piedra y el rayo (doblemente la piedra del rayo) defiende del rayo.
Otros instrumentos protectores eran las trébedes * * las cuales,
en la tormenta, se sacaban a la calle en Checa y en El Pobo y se ponían con las patas vueltas hacia el cielo.
De algún modo se trataba de una posición desafiante, contraria a la nube
cargada de granizo (Alonso, 1993: 171). Acaso habría que preguntarse si a estas trébedes no se les atribuía unas propiedades mágicas como una reminiscencia antiquísima, por hallarse habitualmente en la parte más sagrada de la casa: el hogar.
Todavía en la actualidad –en mi casa- se ponen los ramos de buje bendecido
el Domingo de Ramos en las ventanas y balcones, como elementos protectores
contra las tormentas "y para protegernos de todo mal". Las atribuciones de este elemento se llegan a sublimar de modo que llegó a existir la práctica de "sembrar" los ramos en los campos para protegerlos de las tempestades. Así se documenta en El Pobo en 1699, que el día de la bendición de los campos de dicho año (3 de mayo) se plantaron los ramos bendecidos el Domingo de Ramos (Checa, 1987:123 apud Alonso, 1993: 172).
Reja con ramo bendecido. Alustante.
Hay que tener en cuenta que las rejas solían rematarse con cruces, que no solo son adornos, sino motivos de un profundo carácter simbólico y protector.
Las campanas, sus
funciones apotropaicas y otras devociones.
El rico mundo de las campanas, con su lenguaje simbólico,
también intervenía en estos momentos de peligro para la comunidad toda. Hay que
tener en cuenta que las campanas han sido consideradas históricamente objetos sagrados de
primer orden. De hecho, su bendición era solemnísima y solo podía ser llevada a
cabo por el obispo de cada diócesis, o delegados muy exclusivos, por lo que las visitas pastorales suelen ser momentos ideales para documentar estas bendiciones. El ritual de bendición estaba recogido ya en las Capitulares de Carlomagno
(Capitular III del año 789) (Ferreres, 1910: 34).
Durante siglos se atribuyó a las campanas multitud de funciones, la mayoría de las
veces de convocatoria, tanto a funciones religiosas como civiles, pero también
funciones apotropaico-simbólicas, es decir, de defensa y sacralización de
espacios por medio de su sonido, sus inscripciones e incluso su decoración.
La campana grande o
Santa Bárbara de Fuentelsaz contiene una inscripción que, en buena parte, resume
las funciones que tenían las campanas DEVM VERVM LAVDO VOCO PLEBEM
CONGREGO CLERUM ORO DEFVNTOS FVGO PESTEM FESTA DECORO (Canto al Dios
verdadero, llamo al pueblo, congrego al clero, oro por los difuntos, ahuyento a
la peste (o las epidemias en general),
amenizo las fiestas).
Campana "Santa Bárbara". Fuentelsaz.
Fte. imagen: elaboración propia.
Asimismo, en la torre de Santa María la Mayor de San Gil de
Molina hay una campana gótica del campanero-fundidor Johan de Avín en la que se
puede leer: PER HOC SIGNUM CRUCIS LIUERANOS DOMINE A CUNCTIS PERICULIS (Por
este signo de la Cruz, líbranos Señor de todos los peligros), refiriéndose
a la cruz que lleva gravada. También
hay otra campana interesante en este aspecto en Anquela del Pedregal con el siguiente epígrafe: ECCE CRUCEM
DOMINI FUGITE PARTES ADVERSE (He aquí la
cruz del Señor, huid huestes adversas). Una cruz que llevan grabada todas las campanas y que, salvo por ignorancia de los trepadores que colocaban las campanas, siempre quedaba en la parte exterior del campanario.
Los peligros y las huestes
adversas a las que se refieren las inscripciones de estas campanas no son
siempre físicas y muchas veces aluden a los demonios que se creía se alojaban
en las nubes tormentosas, como explica con detalle la Legenda aurea (siglo XIII):
“los tiranos,
cuando ven flamear en las tierras que han usurpado los estandartes del
verdadero señor de ellas y oyen los sonidos de las trompetas, se llenan de
pavor y huyen. También los demonios, que suelen andar ocultos entre las brumas
del aire, al ver las banderas de Cristo, que son las Cruces, y al oír los
repiqueteos de las campanas sienten un miedo espantoso y escapan.
Esta es la
razón, al menos así comúnmente se cree, de que la Iglesia tenga la costumbre,
desde muy antiguo de hacer sonar las campanas cuando amenaza alguna tormenta,
porque los demonios, que son quienes alteran el aire y producen las
tempestades, en cuanto oyen esas trompetas de Jesucristo huyen despavoridos y
abandonan la mala tarea que estaban haciendo.
Claro que
también la práctica tradicional de tocar las campanas cuando hay tormenta puede
obedecer al deseo de avisar e invitar a los fieles a que se entreguen a la
oración mientras dura el peligro” (Vorágine, S.XIII, I, 297-298).
Así pues, las tormentas eran conjuradas a través del toque
de las campanas, de modo que en otro
texto que se encuentra en ellas es: A FULGURE ET TEMPESTATEM LIBERANOS
DOMINE (Del rayo y la tempestad, líbranos Señor). En este caso se trata
de un texto que aparece en una preciosa campana gótica localizada en Hombrados.
Aparte de la invocación directa a Dios o a la Cruz, los santos podían ser también defensores contra las
tormentas, siendo sin duda Santa Bárbara la abogada predilecta contra las
tormentas. La Legenda Aurea explica
en su hagiografía cómo la santa había sido encerrada en una torre por orden de
su padre, el cual fue alcanzado por un fuego misterioso “que lo abrasó y
consumió tan absolutamente que en el lugar donde esto ocurrió no quedaron ni
siquiera las cenizas de su cuerpo” (Vorágine, s. XIII, II: 902). Ese hecho habría
supuesto que la Iglesia le atribuyera el poder de dominar las tormentas. También
por haber vivido en una torre se considera la patrona de los campaneros.
Santa Bárbara en la campana "San Julián" de Morenilla
Fte. imagen: elaboración propia.
Así se explica
la dedicación de decenas de campanas a esta santa en el Señorío (y en toda la antigua Cristiandad). Con ella (y necesariamente con otra campana más)
se hacían los toques de nublo y, muchas veces, solía colocarse en los vanos de
las torres orientados hacia el lado de donde provenían o se formaban
generalmente las tormentas. A veces las campanas, aunque estaban dedicadas a
otro santo o santa, llevaban la imagen de Santa Bárbara, así la campana San Julián de Morenilla lleva una imagen de Santa Bárbara
Además de
ésta, había otros santos a los que se les atribuían facultades contra las
tormentas. Era el caso de San Bartolomé, el cual fue capaz de dominar al
demonio, y Santa Águeda, cuyo epitafio (Mentem
sanctam spontaneam honorem Deo et patria liberationem) (Con mente santa y
espontánea, honor a Dios y liberación a la patria) es una de las frases
repetidas al menos en dos campanas góticas: una de Molina y otra de Terzaga.
Audiovisual: Faustina Pérez Rueda, de Alustante, recita la oración de San Bartolomé.
Fte.: elaboración propia.
Otro santo que
tiene representación indirecta como protector en las campanas es San Benito.
Efectivamente, en las campanas puede encontrarse en ocasiones la llamada Cruz
de San Benito, una cruz patada inserta en un óvalo en el que se encuentran
escritas las iniciales de la oración de
San Benito, destinada a conjurar maleficios y enfermedades, habiéndose denominado
en el pasado Cruces contra las brujas(Alonso
y Sánchez, 1997: 68-69); esta representación se puede encontrar todavía en una
de las campanas de Santa María la Mayor de Molina.
Evidentemente,
cada pueblo tenía sus santos defensores a los que se dedican no solo campanas
sino pairones y ermitas y a los que se les atribuyen localmente propiedades
contra las tronadas. No hemos de olvidarnos de los Santos de la Piedra, San Abdón
y San Senen, de los cuales Sanz y Díaz recoge una pequeña oración (Sanz, 1985: 197).
San Abdón y San Senén,
la piedad divina os hizo
dulcísimos protectores
contra la piedra y granizo.
¡Salvad a los labradores!
Aunque quizá es redundante, puesto que se vuelve a hablar de la Cruz como elemento protector, es interesante hablar de las cruces de Santo Toribio. Eran éstas crucecitas que se comercializaban desde el monasterio de Liébana y servían para conjurar las tormentas. De este modo, en Alustante, en las cuentas parroquiales de
1797-98, aparece el gasto de “ocho
reales, coste de dos cruces de Sto Toribio
para conjurar, tocadas en el brazo
derecho de la cruz en que murió Jesús
Christo” (Vid. Sanz, 2007, 5).
(Continuará la próxima semana).
Notas:
* Agradezco a Noelia Esteban Amate, encargada de la Sección Local de la Biblioteca Provincial de Guadalajara, siempre tan eficiente, el envío de este interesante artículo de José Antonio Alonso. Recomendamos desde aquí el uso y la consulta de este fondo de la BPGU donde se encuentra una gran parte de la bibliografía provincial y regional.
* * Aunque son unas piezas todavía fáciles de ver en las casas (casi mejor en las cámaras o desvanes) las trébedes -para los más jovenes- eran unos objetos de hierro que servían para apoyar los recipientes en la lumbre. En el vídeo sobre la elaboración de las cruces de cera hay una secuencia en la que se muestran unas trébedes con posibilidad de uso para sartén.
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LLOP I BAYO, Francesc y ÁLVARO, Maricarmen.Campanas y campaneros. Páginas
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SÁNCHEZ CIRUELO, Pedro.Reprouación
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VORÁGINE, Jacobo de la.La
leyenda dorada.(MACÍAS, José
Manuel, traductor). Madrid: Alianza Editorial, 2004, 2 vols.