domingo, 7 de junio de 2015

Microhistorias molinesas (III).  Tocar a nublo.


Campana de Cobeta (Sesma del Sabinar). Siglo XVIII. 
Fte. Imagen: Ricardo Quiles.

Como se comentaba en la entrada anterior, una de las formas más habituales de conjurar las tronadas era tocar las campanas. Las campanas, por su carácter sacro, por su bendición especial, por su bautismo, poseían unas propiedades, según las mentalidades del pasado, que las convertían en elementos ideales para proteger a las poblaciones y sus términos de las tormentas, muchas veces provocadas por las huestes adversas.

Durante siglos, basadas las poblaciones en estas convicciones, se mantuvo la costumbre de tocar a nublo, y en los contratos que parroquias y concejos hacían a los campaneros-sacristanes, se especifica siempre, hasta el siglo XX incluso, su obligación de tocar para este fin. En 1847 hallamos el contrato de un campanero en Alustante, acordado en sesión del Ayuntamiento con la presencia del párroco, y entre los muchos puntos del mismo se encontraba:

"hacer señal con la campana cuando se dé la santa unción y tocar a nublo según costumbre; ha de ser a su cargo igualmente regir el reloj, dándole doce reales y demás necesario por todo el año". (A.M.Alust., sign 3.3, 13v.).

Cuándo se toca a nublo

 En determinadas zonas de León y de Castilla, se tocaba en la víspera de Santa Brígida (31 de enero por la tarde) (Suárez, 1997: 394), y se tenía por creencia que tocando en los tres primeros días de febrero se evitaban las granizadas de todo el año pues "en aquellos tres días se cuaxa el granizo, que en el discurso del año ha de dañar los frutos" (Feijoo, 1750: 165). 

También el día de Santa Águeda (5 de febrero) parecía ser otro de los días en los que se tocaba a nublo con ese mismo fin . Ésta debía de ser la razón por la cual era costumbre tocar las campanas aquella noche, con la particularidad de que eran las mujeres las que ejecutaban estos toques, los cuales fueron prohibidos en el siglo XVII, de lo cual queda constancia en el obispado de Sigüenza en 1655 y en el arzobispado de Zaragoza en el sínodo de 1697 (Gelabertó, 1996, 106). En nuestro antiguo obispado se dictaminó:



Y porque estamos informados que la noche de Santa Águeda y Santa Brígida, y de los difuntos, acostumbran algunas mugeres a tocar las campanas, assí las de los sacristanes como otras, de que se pueden seguir los inconvenientes que se dejan ver, mandamos a los curas que por ningún caso lo consientan, ni tampoco que ninguna de las dichas mugeres, aunque sea la del sacristán, se queden de noche en las iglesias, y si lo hizieren, los curas las eviten de las horas y oficios divinos, y las penen por cada vez en dos reales para la fábrica de la iglesia (Santos, 1660: 55).

Es posible que en esta prohibición hubiese un doble transfondo: misógino y anti-superticioso. Y si en el obispado de Sigüenza parecía pesar más lo primero, en el arzobispado de Zaragoza se tenía más en cuenta que estos toques se realizaban "la noche de Santa Águeda, so color supersticioso y observancia vana, que en aquélla se forman o engendran los nublados(Gelabertó, 1996, 106). Quizá por esas razones en las que la cultura popular resulta ser más fuerte (o al menos mejor corredora de fondo) que la cultura oficial, se conservó esta costumbre en pueblos del Señorío, como Fuentelsaz, donde pudimos registrar hace años un repique que se hacía para Santa Águeda.


Audiovisual: Repique de Santa Águeda. Fuentelsaz.
Fte.: Elaboración propia.

Tras ese prolegómeno que se centraba en los primeros días de febrero, el toque se comenzaba a hacer el 3 de mayo, día de la Invención de la Cruz.  Por norma general se tocaba a medio día en el momento en el que se rezaba el Ángelus, de modo que durante el periodo del año en el que duraba su ejecución sustituía al toque ordinario de oración, basado en tres series de tres badajadas espaciadas por tres silencios en los que debía caber el rezo del Ave María.  Era este, pues, un toque preventivo que se ejecutaba cotidianamente entre la primavera y el verano, hubiese o no amenaza de tormenta.

Su fecha de finalización podía ser San Pedro (29 de junio), la Virgen de Agosto (15 de agosto) o incluso el día de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre), de modo que en muchos lugares en los que regía esta última fecha se hablaba de que el toque cubría “de Cruz a Cruz”. Como se puede observar, fueran cuales fuesen las fechas en las que se tocaba a nublo, todas ellas tenían una incuestionable relación con ciclo agrario. 

Aparte de estos toques preventivos, claro está, el toque de nublo se repetía en el momento real en el que amenazaba la tormenta. Era entonces cuando el toque cobraba todo su sentido. No he llegado a saber quién era el que pedía al campanero que subiera a tocar en estos momentos tan comprometidos para la comunidad, o si era el propio campanero el que sabía por experiencia propia y colectiva, el momento más indicado para ejecutarlo. Es muy probable, no obstante, que fueran los oficiales de los concejos los que dispusieran cuándo había que tocar.

Se habla de la peligrosidad que conllevaba este toque para el campanero (Llop y Alvaro, 1986: 28) e incluso de las muertes de muchos de ellos alcanzados por el rayo (Ariño, 1988:145 apud Alonso, 1993:145). Parece obvio (hoy) que era una temeridad subir al campanario en medio de una tronada y estar manejando unos objetos de metal pero, sin duda, era mayor la necesidad que la percepción de peligro. Asimismo, "la cultura popular rural construía en torno a la campana toda una devoción por su supuesto carácter infalible rompedor de mil nublados. Para el limitado horizonte cognitivo de la cultura campesina no hay duda de que esta propiedad tendría un valor de ciencia exacta". (Gelabertó, 1991: 332).

Cómo se toca a nublo.

La sensación de haber llegado tarde es una de las que más frustración producen en el investigador. Pensar que durante siglos se ha estado repitiendo un fenómeno antropológico determinado y que las personas que lo han reproducido tan solo hace unos años que han muerto y que las que lo han conocido apenas recuerdan unos pocos detalles, a veces inconexos, es muchas veces decepcionante.

Si a esto se une el desinterés social e institucional que ha habido y todavía hay por preservar dichos fenómenos culturales, la labor del investigador, no solo se desarrolla hoy en una precariedad antológica sino que esto seguirá sucediendo en el futuro. Con el consiguiente empobrecimiento cultural de los pueblos. Claro está, hablamos de un patrimonio "poco importante"  de ese que aquí se ha despreciado sistemáticamente (de nuevo nos topamos con la Subcultura del ¡bah! ) y que en otros territorios españoles y, por supuesto, en Europa, se valora como una de las herencias más apreciadas.



Audiovisual sobre la conservación de toques de campanas en Inglaterra.

Así pues, si bien he podido comprobar que en todos los pueblos del territorio de Molina alguien recordaba que el toque de nublo se hacía en el pasado, muy pocas personas sabían exactamente cómo se tocaba. He de decir, sin embargo, que yo lo aprendí en Alustante a través de mi abuelo Juan que, ya enfermo, me lo canturreaba moviendo los brazos, como si tocara realmente las campanas y, años después, ya en el campanario, pude confirmar, gracias a Antonio Sánchez Rezusta "Olemaña", hijo del campanero que precedió a mi abuelo, que el toque era tal como se me había transmitido en casa. He de decir que fue todo un cúmulo de casualidades, pero lo importante es que logré aprender el toque.

Extrapolar un caso particular a un ámbito general siempre es arriesgado, aunque es muy probable que el toque fuera muy parecido en el resto del Señorío de Molina e incluso de buena parte del antiguo obispado de Sigüenza. Es sabido que estos toques, al incitar a la oración, a plegarias populares, también acabaron inspirando cancioncillas, a través de las cuales quizá podemos averiguar qué ritmos predominaban en estos toques.

Aunque hay más temas rítmicos en la Península para tocar a nublo nos hemos fijado en dos de ellos: el llamado tintilinublo (que reproducimos en el vídeo), y el tema tente-nube, cuya extensión geográfica fue tal que se encuentra tanto en Aragón como en León y Castilla, e incluso se han hallado variantes en Sudamérica. En realidad son muy parecidos uno y otro, de modo que es probable que procedan del mismo tema rítmico: el tente-nube se basa en grupos de cocheas (a veces con una negra al inicio de compás) y el tintilinubo ha adquirido más notas de adorno.

El primero de los dos temas, el tente-nube, basa su nombre precisamente en la recitación de unos versos como fórmula nemotécnica que, al menos en el área leonesa era así: "ten-te-nu-be, ten-te-tú, qué-más-pue-de-Dios-que-tú" (Suárez, 1997, 395). Sin embargo, sin duda existieron otras pequeñas cancioncillas que acompañaron a este popular tema, una de ellas la conocidísima Santa Bárbara bendita, que precisamente en el Señorío de Molina decía:


Santa Bárbara bendita
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita,
si es de agua ven acá
si es de piedra tente allá.
...
De los moros es la piedra
de nosotros es la cruz.
Pater noster, Amén Jesús. (Sanz, 1985: 197)

Que se conservaran en el territorio oraciones, canciones, poemas siguiendo este ritmo, indica que quizá el tente-nube también pudo oírse desde los campanarios de nuestros pueblos.

En cuanto al tintilinublo, la existencia de cancioncillas que lo acompañaban fue demostrada por José Antonio Alonso en tres versiones recogidas en otros tantos pueblos del antiguo obispado de Sigüenza: Robledo de Corpes (Tierra de Jadraque), Sienes (Episcopalía de Sigüenza) y Ciruelos del Pinar (Tierra de Medinaceli) (Alonso, 1993: 162), lo cual indicaría que al menos este toque (y quizá alguno más) habría tenido una difusión diocesana. Veamos la letra del tíntilinublo en Ciruelos del Pinar:

Tintilinublo
que viene nublo
con una mula blanca
y otra negra.
Dile a la abuela que toque la vihuela;
dile al pastor
que toque el tambor;
dile a Perico
que toque el abanico.
Y si no lo toca bien
que le den
que le den
que le den
con el rabo de la sartén.

En el territorio del Señorío de Molina, Mariano Marco publicó en el periódico Labros unas valiosísimas coplillas que muestran aproximadamente cómo podría ser los temas rítmicos de este tipo de toques en el conjunto de la comarca (Marco, 2002: 4):

Ténterenulo que viene nulo (sic)
por el cerro de la Mesa,
con los ángeles de San Juan;
que sea de agua y no de piedra,
por el bien y por el pan.

Ténterenublo que viene nublo
por los cielos de Aragón;
si es con agua, que nos llueva
y si no vaya con Dios.

Tántara tin, tántara tan,
unos vienen y otros van,
las mañanas de San Juan.


Audiovisual: Tintilinublo. Alustante (Sesma de la Sierra)
Fte.: Elaboración propia.
Puesto que, aparte del toque de nublo ordinario, interpretado a medio día, el toque se repetía cuando llegaba de verdad la tronada, y que además de la atribución sagrada de las campanas, en este caso también se valoraba el ruido por su poder contra el nublado, cabe también la posibilidad de que, como ocurría en tantas partes de Europa, el toque de nublo en estos casos consistiese en un bandeo general de las campanas

Así pues, Francesc Llop registró a principios de la década de 1980 esta costumbre en la comarca de Sobrarbe. Este ritual se encuentra documentado en multitud de lugares: en el siglo XVIII en la Auvernia de modo que: "le guste o no, en la mayor parte de la provincia, el cura debe permitir que sus parroquianos lancen las campanas al vuelo para alejar la amenaza de granizo en caso de tormenta" (Goubert, 1976). El hecho de hacer sonar las campanas a carillon tras ciertos toques a badajo, durante una tormenta, habría alcanzado en Francia la década de 1990 (Sutter, 2007: 10).

Vigencia y desaparición del toque de nublo.

La creencia sobre la efectividad de este tipo de toques, en el ámbito popular al menos, parece ser que se mantuvo vigente hasta las décadas de 1940-60, pero desde al menos el siglo XVI en el ámbito de la cultura oficial, este tipo de prácticas comienzan a cuestionarse.

Eugenio Moreno Alonso (1924-2014)
Campanero de Tartanedo (Sesma del Campo).
Fte. imagen: Elaboración propia.

El Pontificale Romanum, esto es, el libro donde se contienen las ceremonias, bendiciones, funciones, etc. pontificias y episcopales, conservó a lo largo de los siglos fórmulas rituales que ponían de relieve, con claridad, las propiedades apotropaicas de las campanas:

 “(…) donde quiera que suene esta campana, huya lejos la fuerza oculta, la sombra fantasmal, el ataque de los torbellinos, el golpe del rayo, la herida de los truenos, la calamidad de las tempestades y todo espíritu de las tormentas (…) y cuando su melodía suene en los oídos de los pueblos, crezca en ellos la devoción de la fe, y expulse lejos todas las asechanzas del enemigo, el estruendo del granizo, los torbellinos, el ímpetu de las tempestades; que los soplos de los vientos se tornen provechosos, y acaben amainando; dobléguense a tu diestra las potestades del aire; que al oír esta campana tiemblen y huyan ante la santa cruz de tu Hijo representada en esta bandera (…)” (Trad. propia apud Ferreres, 1910: 43-45)*.

Sin embargo, en el siglo XVI ya se observan intentos por explicar de una forma racional, sin eliminar del todo lo anterior, el efecto que había atribuido a las campanas sobre las tormentas. Así pues, el matemático y eclesiástico, natural de la vecina Daroca, Pedro Sánchez Ciruelo, en su tratado Reprouación de las supersticiones y hechizerías, editado en Salamanca en 1538, condena la fe en los nigrománticos y en los que se dicen “públicos conjuradores”, esto es, personas que cobraban por hablar con las nubes, cargadas de demonios, para que se alejaran de los poblados, señalando “que todas estas cosas comúnmente vienen por curso natural de sus causas corporales, y no porque los demonios las trayan”. (Sánchez, 1538: 43r).

 Con todo, Ciruelo aún consiente que “dado caso por nuestros pecados alguna vez acabo de muchos años permita Dios que los diablos trayan nublados y tempestades a nuestra tierra, aquello es por maleficio de algún nigromántico que haze cerco e inuoca a los diablos para hazer mal y daño en algún lugar, y aun algunas vezes lo hazen los diablos por mandado de Dios, que está ayrado contra algún pueblo” No obstante, la lectura detenida de la obra Ciruelo sobre este tema vierte muchísima más razón que superstición, lo cual debió de influir enormemente, ya por aquel entonces, entre las clases instruidas o, al menos, las no incluidas en la categoría de la “simple gente”, especialmente en el clero.

Como matemático, Pedro Sánchez Ciruelo también intenta explicar el sentido de tocar las campanas ante la amenaza de tormentas:

En este caso de tempestad de nublados, el remedio natural es que se hagan los mayores estruendos y mouimientos que pudieren en el ayre, conviene a saber: que hagan tañer en torno y a soga las mayores campanas que ay en las torres de las yglesias y las que más rezio sonido hagan en el ayre y junto con esto hagan soltar los más rezios tiros de artillería que se pudieren armar en el alcázar o fortaleza de la cudad, los tiren contra la mala nuue.

“La razón desto es porque ella es vna espesura o congelación hecha por el frío, y haziendo aquel grande mouimiento en el ayre con las campanas y bombardas, despárzese y caliéntase algo el ayre,  y ansí la nube se disuelue o derrite en agua limpia sin granizo o piedra, y también hazen mouer de allí la nuue a otro lugar con el grande mouimiento de ayre” (Ibídem: 54r).

Salamandra en una campana de Hombrados (Sesma del Pedregal)
Fte. imagen: Elaboración propia.

Sin duda, ya por influencia de teóricos como Ciruelo, parece haber entre el clero seguntino disensiones contra los poderes civiles locales, lo cual se ataja desde el Sínodo diocesano de 1655, conservando la vigencia de estos toques y justificándose por la preservación de las cosechas, de las que se extraen los diezmos:

 “Otro si, por quanto estamos informados que algunos curas impiden a los concejos el aprovecharse de las campanas de la iglesia parrochial para tocar a nublo, y para quando es necesario, que se junten a concejo, mandamos a los curas, que por ningún caso se lo impidan por ser en beneficio público; con tal, que si por culpa suya se quebraren, tengan obligación a su reparo, y exortamos a los curas, que cuando amenaza tempestades en verano, cuiden de conjurar, por lo mucho que importa a ellos y a los demás interesados en los diezmos” (Santos: 1660: 55).

Hay que tener en cuenta que las Constituciones emanadas de este Sínodo se mantienen vigentes nada menos que hasta 1948, año en el en que el obispo D. Luis Alonso Muñoyerro convoca uno nuevo. No obstante, esta disposición acerca de los toques de concejo y nublo se conservan y, aunque, evidentemente ya no se habla de diezmos (abolidos en la primera mitad del sigo XIX), se continúa hablando de beneficio público para  la preservación de estos toques (Alonso, 1948: 178). Esta sería la razón por la que se conservaran en los pueblos de la antigua diócesis de Sigüenza hasta hace no demasiadas décadas.

A preservar el patrimonio tocan.

Como causa directa, aparente, la desaparición del toque de nublo se encuentra en el cambio litúrgico que se da en la Iglesia Católica en las décadas de 1960-1970, sin embargo, la causa última (o primera) está en el profundo cambio social y mental que ha experimentado el medio rural español.

Hoy, desde luego, nos parecería del todo impensable seguir interpretando estos toques con el fin de deshacer una nube, más aún cuando, tras casi cuarenta años de recibir día tras día información del Metosat en nuestras casas, se sabe que no existe una relación causa-efecto entre el sonido de las campanas y la circulación general de la atmósfera, lo que justificaría de sobra que la razón de ser de estos toques ha desaparecido por completo. 


No obstante, su conservación no es para nada una cuestión descabellada. Desde hace tiempo, el patrimonio cultural intangible se está comenzando a valorar tanto a escala internacional como nacional y regional. En mi opinión, reconocer su valor y dotar de protección a aspectos culturales inmateriales mantenidos durante siglos, elevarlos al nivel del interés que gozan ciertos monumentos, objetos o restos tangibles, está siendo uno de los grandes logros de las sociedades de finales del siglo XX y principios del XXI.



Filomeno Escalera Benito
Campanero de Taravilla (Sesma del Sabinar).
Fte. imagen: Elaboración propia.

La UNESCO, el conjunto de la Unión Europea y, poco a poco el Estado Español, están abogando a través de diferentes instrumentos para salvaguardar este tipo de patrimonio. A escala regional, la elaboración de la Ley de Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha, aunque pueda ser mejorable, también pone en el punto de mira fenómenos culturales del tipo que hemos descrito en este artículo. Sea como fuere, esta realidad nos apremia a los ciudadanos y ciudadanas -también a los vecinos y vecinas del Señorío de Molina- a seguir trabajando para que nuestra cultura inmaterial se pueda seguir preservando y transmitiendo sin complejillos, conscientemente, con dignidad, a generaciones futuras.

 Notas:
 * (…) ubicumque sonuerit hoc tintinabulum, procul recedat virtus insidiantium, umbra phantasmatum, incursio turbinum, percussio fulminum, laesio tonitruorum, calamitas tempestatum, omnisque spiritus procellarum (…) et cum melodia illus auribus insonuerit populorum, crescat in eis devotio fidei; procul pellantur omnes insidiae inimici, fragor grandinum, procella turbinum, impetus tempestatum; temperentur infesta tronitrua; ventorum flabra fiant salubriter, ac moderate suspensa; prosternat aereas potestades dextera tuae virtutis; ut hoc audientes tintinabulum contremiscant, et fugiant ante sanctae crucis Filii tui in eo depictum vexillum (…)”

Bibliografía:

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ALONSO RAMOS, José Antonio. "Supersticiones y creencias en torno a las tormentas" en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, nº 25 (1993), pp. 143-182.
FEIJOO, Benito. "Días aziagos" en Cartas eruditas y curiosas. Madrid: Imp. Herederos de Francisco del Hierro, 1750, tomo III, pp. 161-167 (BNE,3/73939).
FERRERES, Juan B. Las campanas. Tratado histórico, litúrgico, jurídico y científico. Madrid: Admon. de Razón y Fe, 1910.
GELABERTÓ VILAGRÁN, Martín. "Tempestades y conjuros de las fuerzas naturales. Aspectos mágico-religiosos de la cultura en la Alta Edad Media" en Manuscrits, nº 9 (ene.1991), pp. 325-344.
GELABERTÓ VILAGRÁN, Martín. "Toques de campanas y tempestades en la España Moderna" en Actas del I Congreso de Campaneros de Europa. Segorbe: Fundación Bancaja, 1996, pp. 99-108.
GOUBERT, Pierre. El Antiguo Régimen, 1. Madrid: Siglo XXI, 1976.
LLOP I BAYO, Francesc y ÁLVARO, Maricarmen. Campanas y campaneros. (Páginas de tradición, 3). Salamanca: Diputación de Salamanca, 1986.
MARCO YAGÜE, Mariano. "Toques de campanas" en Labros, nº 21 (2002), p. 4.
SÁNCHEZ CIRUELO, Pedro. Reprouación de las supersticiones y hechizerías. Salamanca, 1538 (BNE, R-Micro/31254).
SANTOS RISOBA, Bartolomé (obispo). Constituciones Sinodales del obispado de Sigüenza. Fr. Diego García, Oficina del Sr. Ángel.: Alcalá de H., 1660. (BNE. R/16139).
SANZ Y DÍAZ, José. “Etnografía de las tormentas. Los mitos antiguos en el Señorío de Molina” en Revista Folklore. nº 60 (1985), pp. 196-197.
SUÁREZ PÉREZ, Hector Luis. "Las campanas en las comarcas leonesas" en  GÓMEZ PELLÓN, Eloy y GUERRERO CAROT, José (Eds.). Las campanas. Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997.
SUTTER, Eric. Code et langage des sonneries de cloches en Occident. Societé Française de Campanologie, [recurso electrónico], 2007.

VORÁGINE, Jacobo de la. La leyenda dorada. (MACÍAS, José Manuel, traductor). Madrid: Alianza Editorial, 2004, 2 vols.

Fuentes documentales:
Archivo Municipal de Alustante. Concejo/Ayuntamiento, sign 3.3. Acta de sesión. Escritura del Sacristán. Alustante, 1847/septiembre/11, fol. 13r-v

domingo, 31 de mayo de 2015

Microhistorias molinesas (II).  Tiempo de tronadas.



Tronada en Alustante.
Fte. imagen: elaboración propia

Uno de los principios no escritos que tenían los viejos campaneros de los pueblos era no cansar con ritmos monótonos en los repiques. Con este afán, gustaban de introducir constantes variaciones en sus interpretaciones basadas en un leitmotiv, de manera que el pueblo reconocía siempre el toque pero no se cansaba de oírlo, por mucho que durase (Llop y Álvaro, 1986: 40).

Del mismo modo,  aunque seguiremos trabajando en próximas entradas sobre el tema de la geografía histórica que venimos exponiendo en los últimos meses, no quiero cansar al lector/a con una temática monocorde.

 Por ello, aunque me parece importante seguir conociendo el escenario geográfico en el que se ha desarrollado nuestra identidad molinesa, creo que ha llegado el momento de continuar con otros temas que también forman parte del mosaico del que se compone nuestra herencia colectiva.

Retomando la línea de la primera de las entradas de este blog, nos gustaría seguir contando nuestra historia desde el enfoque de  la microhistoria, una forma de investigar y exponer el pasado considerablemente novedosa y que, sin descuidar nunca los contextos generales, trata de “poner la lupa” en lugares y episodios concretos, habitualmente poco o nada tratados por la Gran Historia de reyes y batallas. Una corriente historiográfica que siempre me ha interesado por su frescura y posibilidades que ofrece.

En esta ocasión vamos a dedicar dos entradas (ésta y la de la semana que viene) a sumergirnos en las mentalidades del pasado a través de las creencias y conductas humanas ante el portento siempre temido y admirado de la tronada y sus manifestaciones muchas veces dañinas: el rayo, la centella, el granizo.

Rituales contra las tormentas.
El ser humano ha temido desde siempre la tormenta y sus efectos devastadores, especialmente para sus propiedades raíces, inmuebles y semovientes, y para el mismo. En el Señorío de Molina todavía hemos escuchado palabras que sustituían a otras consideradas tabú, y por ello impronunciables, para denominar a las nubes, al rayo y la chispa eléctrica. Así, se habla de turbiones, exhalaciones y malas cosas para referirse a este tipo de fenómenos meteorológicos. También el granizo, la piedra, era otro de los grandes temores que inspiraba la tormenta.

Tenazas abiertas en forma de cruz.
Fte. Imagen: elaboración propia.

Hoy en día, que una cosecha se pierda no supone que deje de haber pan en la panadería, la tienda o el supermercado, pero cuando la economía era eminentemente local, que se apedreara una cosecha  no solo suponía la consiguiente pérdida del trabajo de todo un año.

No queremos subestimar de ningún modo lo que supone para el agricultor actual la pérdida de su cosecha, pero también es cierto –y esto ya lo comentaba Sanz y Díaz hace décadas- este riesgo se cubre, en lugar de con jaculatorias, con pólizas de seguros (Sanz, 1985: 197). Aunque suene un tanto frívola esta reflexión del folklorista e historiador peralejano, lo cierto es que éste ha podido ser uno de los factores clave que ha supuesto un cambio drástico en la mentalidad del trabajador de la tierra en las últimas décadas.

En el pasado, por el contrario, la casi exclusiva dependencia alimentaria de los productos de secano  y unos pocos productos locales de huerta, unido al alto coste de los transportes, incluso de un pueblo vecino a otro, la pérdida de una cosecha suponía la ruina para las familias de toda la comunidad local y posibilitaba la llegada del hambre. También el rayo podía matar los animales de labranza o una buena parte de un rebaño, o podía incendiar la vivienda o la majada, lo que suponía una evidente calamidad para una casa. Esto sin contar con la muerte de uno o varios de los miembros de la familia: una auténtica tragedia.

Por ello, era imprescindible defenderse de este tipo de meteoros. Hay recuerdo en los pueblos (o lo había hasta hace unos pocos años, concretamente yo recogí hace años la noticia en Traíd) de la existencia en el pasado de determinados rituales en los que los párrocos salían a las puertas de las iglesias, o incluso subían a las torres, con la Sagrada Forma contenida en custodias o con relicarios de santos a fin de conjurar las tronadas. Y es interesante que este recuerdo se haya mantenido,  porque ya en el siglo XVI se cuestionaban estas costumbres (Sánchez, 1538: 44v) y en el XVIII ,las visitas pastorales insistían en la inconveniencia ese tipo prácticas (Sanz, 2007: 5), lo cual indica hasta qué punto el ser humano que ha habitado en nuestra tierra, hasta hace poco, se sentía dependiente exclusivamente del cielo.

Existían además múltiples rituales populares que, seguro, podrían describir otras personas mucho mejor que yo. Unas mantenían formas claramente piadosas, como era la recitación de oraciones, como la oración de Santa Bárbara o San Bartolomé o encender candelas desde el inicio de la tormenta hasta su finalización; otras, aunque basadas más o menos en la ortodoxia católica, eran rayanas a lo mágico.

Recuerdo que mi abuelo Juan, sacristán del pueblo hasta su muerte en 1990, hacía unas cruces con la cera sobrante de las velas del monumento eucarístico de Semana Santa, cera por lo tanto bendecida. Estas cruces se daban casa por casa el día de Sábado Santo, a las que llegaba diciendo en cada portal: "¡Cuaresma fuera!". A cambio de estas cruces percibía una iguala por sus servicios a la comunidad; se fabricaban con un molde de patata, se calentaban y se pegaban cercanas a las chimeneas o a los vanos (los lugares más vulnerables de la casa), siempre en el interior.



Audiovisual: Fabricación de cruces de cera contra las tormentas.
Fte.: elaboración propia.

José Antonio Alonso recoge, asimismo, numerosas prácticas, creencias y supersticiones en torno a este fenómeno en un artículo que recomiendo encarecidamente a los interesados por estos temas (Alonso, 1993: 143-182)*. De este modo, recoge el uso de la cruz patriarcal de doble brazo (la Cruz de Caravaca) como defensora contra las tormentas en pueblos como Castellar, Campillo de Dueñas, El Pobo, Cubillejo de la Sierra, Cubillejo del Sitio y Tierzo.


Cruz de doble brazo en uno de los estribos de la ermita de San Sebastián. 
Alustante.
Fte. imagen: Elaboración propia.

El hecho de que las cruces de doble brazo o patriarcales (así es preferible llamarlas) se convirtieran en el pasado en amuletos contra las tormentas parece estar en que de las pocas que hubo repartidas por la Cristiandad, como símbolo del patriarca de Jerusalén, algunas de ellas en manos de contados dignatarios eclesiásticos y príncipes, contenían la reliquia del Lignum Crucis, es decir una (supuesta) astilla de la Cruz de Cristo. 

Sin embargo, parece ser que en la Península, además de por esta razón, la cruz patriarcal comenzó a considerarse un símbolo cuasi-mágico a través de leyendas y tradiciones como la de la cruz patriarcal de León, llamada "la del fuego" pues fue echada a la hoguera en ordalía o juicio de Dios para comprobar si la reliquia que contenía era o no auténtica. En ella parece ser que pone: "Esta es la cruz milagrosa que saltó del fuego" (de la Fuente, 1886: 184). De ahí a considerarse un amuleto contra fenómenos ígneos, como el rayo y la centella, y acaso la pavesa o chusta que provoca el incendio doméstico, poco había.

José Antonio Alonso también comenta muchas otras costumbres.  En Tartanedo se arrojaban a la calle las tenazas de la lumbre abiertas para que adoptaran la forma de cruz, se sacaban crucifijos a las calles  y se recitaba la oración a San Bartolomé, no solo por ser patrono del pueblo, sino uno de los abogados contra las tormentas en toda la Cristiandad. También se sacaban los Santos Misterios (unos corporales ensangrentados, tenidos por reliquia, muy parecidos a los de Daroca) al atrio de la iglesia.

Las piedras protectoras son otro de los aspectos a los que dedica José Antonio Alonso un interesante apartado. En Villel de Mesa se recogían piedrecillas durante la Semana Santa que se arrojaban a la calle cuando había tormenta. También en Checa existía una costumbre parecida: los muchachos recogían las piedras mientras tocaban las campanas a Gloria el Sábado Santo, las cuales se guardaban y se arrojaban a la calle durante las tronadas.









Cruz patriarcal con sendas rosas exapétalas (simbolizan los dos luceros mayores: el sol y la luna) junto a los anagramas de Jesús y María. El triángulo inferior, a veces sustituido por una grada, es el monte Calvario. Cubillejo de la Sierra.
Fte. imagen: elaboración propia  

En Alcoroches en  la mañana de San Juan se iba al campo al amanecer y se ponían las piedras boca arriba para proteger las cosechas del granizo. Como ocurre en otras muchas partes de la Península, también había creencia en las llamadas piedras del rayo, las cuales resultan ser hachas y puntas de flechas talladas paleolíticas y pulimentadas neolíticas, las cuales se creía que eran la parte dura que dejaba el rayo al caer, las cuales eran conservadas en las casas como elemento protector. Escalera es uno de los puntos en los que Alonso recoge esta práctica.

En realidad en estos gestos nos encontramos con una suerte de magia empática, en la que la piedra protege de la piedra y el rayo (doblemente la piedra del rayo) defiende del rayo.

Otros instrumentos protectores eran las trébedes * * las cuales, en la tormenta, se sacaban a la calle en Checa y en El Pobo y se ponían con las patas vueltas hacia el cielo. De algún modo se trataba de una posición desafiante, contraria a la nube cargada de granizo (Alonso, 1993: 171). Acaso habría que preguntarse si a estas trébedes no se les atribuía unas propiedades mágicas como una reminiscencia antiquísima, por hallarse habitualmente en la parte más sagrada de la casa: el hogar.

Todavía en la actualidad –en mi casa- se ponen los ramos de buje bendecido el Domingo de Ramos en las ventanas y balcones, como elementos protectores contra las tormentas "y para protegernos de todo mal". Las atribuciones de este elemento se llegan a sublimar de modo que llegó a existir la práctica de "sembrar" los ramos en los campos para protegerlos de las tempestades. Así se documenta en El Pobo en 1699, que el día de la bendición de los campos de dicho año (3 de mayo) se plantaron los ramos bendecidos el Domingo de Ramos (Checa, 1987:123 apud Alonso, 1993: 172).

Reja con ramo bendecido. Alustante.
Hay que tener en cuenta que las rejas solían rematarse con cruces, que no solo son adornos, sino motivos de un profundo carácter simbólico y protector.

Las campanas, sus funciones apotropaicas y otras devociones.

El rico mundo de las campanas, con su lenguaje simbólico, también intervenía en estos momentos de peligro para la comunidad toda. Hay que tener en cuenta que las campanas han sido consideradas históricamente objetos sagrados de primer orden. De hecho, su bendición era solemnísima y solo podía ser llevada a cabo por el obispo de cada diócesis, o delegados muy exclusivos, por lo que las visitas pastorales suelen ser momentos ideales para documentar estas bendiciones. El ritual de bendición estaba recogido ya en las Capitulares de Carlomagno (Capitular III del año 789) (Ferreres, 1910: 34).

Durante siglos se atribuyó a las campanas multitud de funciones, la mayoría de las veces de convocatoria, tanto a funciones religiosas como civiles, pero también funciones apotropaico-simbólicas, es decir, de defensa y sacralización de espacios por medio de su sonido, sus inscripciones e incluso su decoración.

La campana grande  o Santa Bárbara de Fuentelsaz contiene una inscripción que, en buena  parte, resume  las funciones que tenían las campanas DEVM VERVM LAVDO VOCO PLEBEM CONGREGO CLERUM ORO DEFVNTOS FVGO PESTEM FESTA DECORO (Canto al Dios verdadero, llamo al pueblo, congrego al clero, oro por los difuntos, ahuyento a la peste (o las epidemias en general),  amenizo las fiestas).

Campana "Santa Bárbara". Fuentelsaz.
Fte. imagen: elaboración propia.

Asimismo, en la torre de Santa María la Mayor de San Gil de Molina hay una campana gótica del campanero-fundidor Johan de Avín en la que se puede leer: PER HOC SIGNUM CRUCIS LIUERANOS DOMINE A CUNCTIS PERICULIS (Por este signo de la Cruz, líbranos Señor de todos los peligros), refiriéndose a la cruz que lleva gravada. También hay otra campana interesante en este aspecto en Anquela del Pedregal  con el siguiente epígrafe: ECCE CRUCEM DOMINI FUGITE PARTES ADVERSE (He aquí la cruz del Señor, huid huestes adversas). Una cruz que llevan grabada todas las campanas y que, salvo por ignorancia de los trepadores que colocaban las campanas, siempre quedaba en la parte exterior del campanario.

Los peligros y las huestes adversas a las que se refieren las inscripciones de estas campanas no son siempre físicas y muchas veces aluden a los demonios que se creía se alojaban en las nubes tormentosas, como explica con detalle la Legenda aurea  (siglo XIII):

los tiranos, cuando ven flamear en las tierras que han usurpado los estandartes del verdadero señor de ellas y oyen los sonidos de las trompetas, se llenan de pavor y huyen. También los demonios, que suelen andar ocultos entre las brumas del aire, al ver las banderas de Cristo, que son las Cruces, y al oír los repiqueteos de las campanas sienten un miedo espantoso y escapan.
Esta es la razón, al menos así comúnmente se cree, de que la Iglesia tenga la costumbre, desde muy antiguo de hacer sonar las campanas cuando amenaza alguna tormenta, porque los demonios, que son quienes alteran el aire y producen las tempestades, en cuanto oyen esas trompetas de Jesucristo huyen despavoridos y abandonan la mala tarea que estaban haciendo.
Claro que también la práctica tradicional de tocar las campanas cuando hay tormenta puede obedecer al deseo de avisar e invitar a los fieles a que se entreguen a la oración mientras dura el peligro(Vorágine, S.XIII, I, 297-298).
Así pues, las tormentas eran conjuradas a través del toque de las campanas, de modo que en  otro texto que se encuentra en ellas es: A FULGURE ET TEMPESTATEM LIBERANOS DOMINE (Del rayo y la tempestad, líbranos Señor). En este caso se trata de un texto que aparece en una preciosa campana gótica localizada en Hombrados.

Aparte de la invocación directa a Dios o a la Cruz, los santos podían ser también defensores contra las tormentas, siendo sin duda Santa Bárbara la abogada predilecta contra las tormentas. La Legenda Aurea explica en su hagiografía cómo la santa había sido encerrada en una torre por orden de su padre, el cual fue alcanzado por un fuego misterioso “que lo abrasó y consumió tan absolutamente que en el lugar donde esto ocurrió no quedaron ni siquiera las cenizas de su cuerpo(Vorágine, s. XIII, II: 902). Ese hecho habría supuesto que la Iglesia le atribuyera el poder de dominar las tormentas. También por haber vivido en una torre se considera la patrona de los campaneros.


Santa Bárbara en la campana "San Julián" de Morenilla
Fte. imagen: elaboración propia.

Así se explica la dedicación de decenas de campanas a esta santa en el Señorío (y en toda la antigua Cristiandad). Con ella (y necesariamente con otra campana más) se hacían los toques de nublo y, muchas veces, solía colocarse en los vanos de las torres orientados hacia el lado de donde provenían o se formaban generalmente las tormentas. A veces las campanas, aunque estaban dedicadas a otro santo o santa, llevaban la imagen de Santa Bárbara, así la campana San Julián de Morenilla lleva una imagen de Santa Bárbara

Además de ésta, había otros santos a los que se les atribuían facultades contra las tormentas. Era el caso de San Bartolomé, el cual fue capaz de dominar al demonio, y Santa Águeda, cuyo epitafio (Mentem sanctam spontaneam honorem Deo et patria liberationem) (Con mente santa y espontánea, honor a Dios y liberación a la patria) es una de las frases repetidas al menos en dos campanas góticas: una de Molina y otra de Terzaga.


Audiovisual: Faustina Pérez Rueda, de Alustante, recita la oración de San Bartolomé.
Fte.: elaboración propia.

Otro santo que tiene representación indirecta como protector en las campanas es San Benito. Efectivamente, en las campanas puede encontrarse en ocasiones la llamada Cruz de San Benito, una cruz patada inserta en un óvalo en el que se encuentran escritas las iniciales de la oración de San Benito, destinada a conjurar maleficios y enfermedades, habiéndose denominado en el pasado Cruces contra las brujas (Alonso y Sánchez, 1997: 68-69); esta representación se puede encontrar todavía en una de las campanas de Santa María la Mayor de Molina.

Evidentemente, cada pueblo tenía sus santos defensores a los que se dedican no solo campanas sino pairones y ermitas y a los que se les atribuyen localmente propiedades contra las tronadas. No hemos de olvidarnos de los Santos de la Piedra, San Abdón y San Senen, de los cuales Sanz y Díaz recoge una pequeña oración (Sanz, 1985: 197).

San Abdón y San Senén,
la piedad divina os hizo
dulcísimos protectores
contra la piedra y granizo.
¡Salvad a los labradores!

Aunque quizá es redundante, puesto que se vuelve a hablar de la Cruz como elemento protector, es interesante hablar de las cruces de Santo Toribio. Eran éstas crucecitas que se comercializaban desde el monasterio de Liébana y servían para conjurar las tormentas. De este modo, en Alustante, en las cuentas parroquiales de 1797-98, aparece el gasto de “ocho reales, coste de dos cruces de Sto Toribio para conjurar, tocadas en el brazo derecho de la cruz en que murió Jesús Christo” (Vid. Sanz, 2007, 5).

(Continuará la próxima semana).

Notas:

* Agradezco a Noelia Esteban Amate, encargada de la Sección Local de la Biblioteca Provincial de Guadalajara, siempre tan eficiente, el envío de este interesante artículo de José Antonio Alonso. Recomendamos desde aquí el uso y la consulta de este fondo de la BPGU donde se encuentra una gran parte de la bibliografía provincial y regional.

* * Aunque son unas piezas todavía fáciles de ver en las casas (casi mejor en las cámaras o desvanes)  las trébedes -para los más jovenes- eran unos objetos de hierro que servían para apoyar los recipientes en la lumbre. En el vídeo sobre la elaboración de las cruces de cera hay una secuencia en la que se muestran unas trébedes con posibilidad de uso para sartén.


Bibliografía: 

ALONSO PONGA, José Luis y SÁNCHEZ DEL BARRIO, Antonio. La campana: patrimonio sonoro y lenguaje tradicional. Valladolid: Fundación Joaquín Díaz, 1997.
ALONSO RAMOS, José Antonio. "Supersticiones y creencias en torno a las tormentas" en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, nº 25 (1993), pp. 143-182.
CHECA LÓPEZ, Gregorio. Historia de El Pobo de Dueñas. Guadalajara, 1987.
FERRERES, Juan B. Las campanas. Tratado histórico, litúrgico, jurídico y científico. Madrid: Admon. de Razón y Fe, 1910.
FUENTE, Vicente de la. "La cruz patriarcal, o de doble traversa, y su antigüedad y uso en España; a propósito de la Cruz de Caravaca" en Boletín de la Real Academia de la Historia, nº (1886), pp. 177-188.
LLOP I BAYO, Francesc y ÁLVARO, Maricarmen. Campanas y campaneros. Páginas de tradición (3). Salamanca: Diputación de Salamanca, 1986.
SÁNCHEZ CIRUELO, Pedro. Reprouación de las supersticiones y hechizerías. Salamanca, 1538 (BNE, R-MIcro/31254).
SANZ MARTÍNEZ, Diego. “Las obras de la iglesia de Alustante en el siglo XIX” en Hontanar, nº 44 (jul. 2007), pp. 4-7.
SANZ Y DÍAZ, José. “Etnografía de las tormentas. Los mitos antiguos en el Señorío de Molina” en Revista Folklore. nº 60 (1985), pp. 196-197.
VORÁGINE, Jacobo de la. La leyenda dorada. (MACÍAS, José Manuel, traductor). Madrid: Alianza Editorial, 2004, 2 vols.





jueves, 21 de mayo de 2015


Pequeñas notas de geografía histórica sobre el Señorío de Molina (V).  + sobre el realengo molinés.


Corona real sobre el anagrama de la Virgen. Ermita de Ntra. Sra. de la Antigua. Campillo de Dueñas.
Fte. imagen: Elaboración propia.

Seguimos explicando la tabla de pueblos realengos del Señorío de Molina ofrecida en la entrada anterior. En esta ocasión tratamos acerca de los cambios en la  toponimia mayor de los pueblos que se produjeron en el siglo XIX y principios del XX. Un fenómeno que siempre me ha interesado conocer. Son cambios mínimos consistentes, en la mayoría de los casos, en añadir al nombre original un genitivo (nombre tradicional + de  + nombre) éste último alusivo a algún fenómeno geográfico que aclarara su localización.

Asimismo, en esta entrega se explica el contenido de la columna 4ª de la tabla, sobre la localización municipal actual de los pueblos y despoblados de los que se hace relación. A fin de facilitar la lectura de esta entrada volvemos a incluir la misma tabla. Desconozco si esto es o no muy ortodoxo en el mundo de la bloguería, pero seguro que es mucho más cómodo para el lector/a.

El realengo molinés

Leyenda
ciudad,  villa realenga, lugar/aldeadespoblado.


Columna 3. Nombre actual.

Como puede observarse, en la tabla hemos recogido el nombre actual de los pueblos y, en el caso de algunos nombres compuestos (Rillo de Gallo, Baños de Tajo, Peralejos de las Truchas, Pinilla de Molina, etc.) el momento en el que adoptan ese nombre oficial u oficiosamente.

Las fechas que acompañan a dichos topónimos son relativas, es decir, son las más remotas que he podido localizar, lo cual no quiere decir que sean necesariamente las más antiguas. Esto lo he señalado con la abreviatura “c.” (circa = hacia). El caso es que, la tendencia que he observado es que este cambio suele producirse en el siglo XIX de forma más o menos popular y se oficializa ya entrado el siglo XIX.

Efectivamente, se ha hallado un conjunto de noticias que hablarían de pequeñas mutaciones en la toponimia mayor en un periodo que se encontraría entre 1834 y 1916. Así, a fin de distinguirse dentro del Estado centralista, habrían variado su nombre oficiosamente pueblos como Torremocha, que ya en 1834 figura como Torremocha del Pinar; o Peralejos de las Truchas (anteriormente Peralejos) que, si bien no se denomina oficialmente así hasta 1916, ya se encuentra este topónimo documentado en 1864. También cambia su nombre por estas épocas Pinilla de Molina, llamada Pinilla del Valle, al menos hasta principios del siglo XIX que, acaso por no confundirse con el municipio madrileño del mismo nombre, adopta el nombre actual.



Pinilla de Molina (antigua Pinilla del Valle)
Fte. imagen: elaboración propia.

Ocurre lo mismo con Baños de Tajo, Castellar de la Muela, El Pobo de Dueñas, Rillo de Gallo y Rueda de la Sierra, así como con Algar de Mesa, que no se contempla en este listado de pueblos realengos, pero que también pasa a denominarse así en este momento (La Gaceta de Madrid, 1916: 13). Con todo, solo el estudio de la documentación municipal puede arrojar verdadera luz en este interesante proceso de cambios de nombre.

Hay que aclarar, no obstante, que hubo pueblos que siempre, o casi siempre, constaron en su denominación de dos elementos. Uno de ellos fue la propia capital del territorio que, aparte de ser denominada Molina (la Molina por antonomasia de la Extremadura castellano-aragonesa), también recibe otros nombres para diferenciarse de las otras Molinas de la geografía hispánica.

Hay que pensar que en el reino de León, concretamente en el Bierzo, existe otra Molina, Molina Seca o Molinaseca, que en 1193 recibió fuero otorgado por sus señores, el obispo de Astorga y la abadesa del monasterio de Carrizo. También en el ámbito leonés de la Maragatería se encontraba Molina Ferrera (Molinaferrera), con fuero otorgado en 1123 por el obispo de León. Asimismo, a medida que avanza la reconquista por el sur peninsular, se conquista otra Molina, también llamada en un principio Seca y más tarde Molina de Segura, donada al reino de Murcia en 1283 por Alfonso X, año en el que se le concede el mismo fuero que posee la ciudad cabecera de dicho reino (RAH, 1852: 146-147).

 En los siglos XII y XIII se habla, al parecer, exclusivamente de Molina, pues hay que tener en cuenta que el resto de poblaciones denominadas así, en aquel momento, son lugares que no poseen la entidad que alcanza la villa extremadurana en esa época. Parece ser que uno de los primeros nombres compuestos que recibe nuestra Molina es el de Molina de los Caballeros, el cual se encuentra en la copia del fuero de Francisco Díaz, datada en 1474 y conservada en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid.


Molina de los Caballeros con la cuidada letra de Francisco Díaz (1474), quizá uno de los pocos testimonios escritos de este nombre que se conservan.
Fte: BPR, II-2421: 2v.

Molina de los Caballeros es un nombre que no se encuentra en la copia del fuero del siglo XIII conservado en el Archivo de Molina, aunque Díaz incluye una adición dada por el conde Alfonso de León (1239[44]-1272) en la que se encuentra ya este nombre. No sabría decir si es de una mención original del siglo XIII o un añadido apócrifo del copista del siglo XV (vid. Sancho, 1916: 147-151). En todo caso, es importante hacer constar el poderío que habrían llegado a la caballería villana durante la baja Edad Media, la cual se presenta en estas claúsulas recogidas por Díaz como parte con la que el conde pacta las reformas forales del momento (BPR, II-2421, 23v) .

En el siglo XVI el nombre que predomina ya es el de Molina de Aragón, acaso ya frecuente en épocas precedentes, quizá conviviendo con el anterior topónimo de Molina de los Caballeros desde tiempos del periodo aragonés del territorio (1369-1371). Llama la atención, sin embargo, un nombre que se inserta en el Quinientos en los preámbulos de la copia del fuero conservada en Molina: Molina de Cabo Aragón, lo que vendría a ser Molina de cerca de o de junto a Aragón (vid. Sancho, 1916, 43; Cabañas, 2013: 53). Parece ser una denominación erudita que no triunfa, aunque recuerdo haberla visto repetida en alguna obra cartográfica del Antiguo Régimen que no he podido volver a localizar. 

Existen también aldeas que desde la Edad Media necesitaron diferenciarse con un apellido ante la cercanía de pueblos de idéntico nombre. Así, Cubillejo de la Sierra y Cubillejo del Sitio, éste último llamado del Sicio o del Sizio hasta el siglo XIX. También ocurrió lo mismo con Cuevas Minadas y Cuevas Labradas; Anchuela del Campo y Anchuela del Pedregal,  ésta llamada  a veces de Somo la Villa o de Sobre la Villa, por estar, eso, en una altitud superior a Molina y en sus cercanías.

También entraría en esta categoría Anquela la Seca, cuyo nombre aún he oído en el habla cotidiana de personas muy mayores y se documenta ya en en el siglo XIV (Minguella, 1912: 338).  El topónimo convive con el actual de Anquela del Pedregal al menos desde el siglo XVIII, acaso para diferenciarse de la Anquela del Ducado de Medinaceli o incluso de otra Anquella que se documenta en la misma sesma del Pedregal en el siglo XIV; un despoblado ignoto, que formaba feligresía con Hombrados en 1353 (Minguella, 1912: 340) y que todo hace pensar que se trata del despoblado de Alcalá. Anquela y Alcalá son dos nombres fonéticamente muy próximos.


Pozo público en Anquela del Pedregal (antigua Anquela la Seca)
Fte. imagen: elaboración propia.

Otro de los pueblos que tuvo nombre compuesto desde al menos finales del siglo XVI fue Campillo de las Dueñas, nombre que queda actualmente como Campillo de Dueñas; pierde el artículo las a principios del siglo XX. En la documentación medieval aparece como Campiello (Minguella, 1912, II: 340), y en el censo de pecheros de la Corona de Castilla de 1528 como El Campillo (INE, 2008, I: 135). A lo largo del siglo XVI solo lo he podido documentar como Campillo pero, por  lo que diremos más abajo, es posible que ya se conociera popularmente en este siglo como Campillo de las Dueñas, nombre que salta a la oficialidad en el censo de la Corona de Castilla de 1591 (INE, 1984: 236).

Aunque es evidente que se trata de una leyenda, el Lcdo. Núñez refiere una tradición popular que intentaba explicar, según las mentalidades de fines del XVI, el porqué de ese de las Dueñas, lo que vendría corroborar que, al menos a escala regional, Campillo era conocido así desde hacía tiempo:

"llámase este Campillo 'de las Dueñas' a diferencia de otro Campillo que está allí zerca en el reyno de Aragón y por auer auido allí en sus prinzipios dos mugeres prinzipales llamadas Inés y Beatriz de la Cueba, por ser de los Cuebas y Ricas, que por esto eran nombradas, y también porque según algunos antiguos eran monstruos, hijas de hombre y de yegua, aunque de buenos entendimientos." (Núñez: 177r).

Sánchez Portocarrero, tan riguroso en sus escritos, pero también tan celoso de su conciencia de clase, se niega a aceptar esta leyenda que afectaría al honor de ciertos miembros de su estamento noble, y añade lo siguiente como medio siglo después del testimonio anterior:

"Patraña es del vulgo que estas dueñas eran hijas auidas en bestial consorcio de hombre y yegua y que tenían señas dello, tales cosas suele introducir la creencia del vulgo; lo más cierto es que fueron señoras principales de linaje y apellido de la Cueva, antiguo y noble en el Señorío, y que su sepulcro, con tumba basta de piedra, se ve oy leuantado a lo antiguo en el cementerio o campo que está delante de la iglesia que en Molina se llama San Juan de Acre, encomienda de su Orden, donde el cabildo eclesiástico de Molina celebra por ellas un aniversario dotado". (Sánchez,  c. 1640: I, 45v.).


Columna 4. Término/ municipio actuales.

La columna cuarta habla del presente de los núcleos de población y despoblados (o de un pasado reciente o relativamente reciente). Concretamente se trata de saber en qué municipio se incluyen en la actualidad. En este listado se pone entre paréntesis el año o periodo en el que se adscribe su ayuntamiento, en el caso de los pueblos, o su término, en el caso de los despoblados, a un término y ayuntamiento vecino.

En cuanto a los pueblos, se observan básicamente dos periodos fusionadores: uno que se localiza en torno a mediados del siglo XIX, y otro que ocupa la época del desarrollismo franquista y que va desde 1968 a 1977. El primer momento, parece ser la anexión de pueblos de corto vecindario en aquel momento a favor de otros algo mayores.

Es en este momento que se da en torno a 1840-1850 es cuando Cañizares y Castellote se integran en el Ayuntamiento de Corduente, en cuyo término, desde muy antiguo, ya se incluía el de Santiuste. También es en este momento cuando se presentan las fusiones de Pradilla, Chera y Aldehuela a Prados Redondos; Novella y Tordelpalo a Anchuela del Pedregal; de Valsalobre, Teroleja y Ventosa a Terraza; Escalera a Valhermoso; y Fuembellida, Torete, Cuevas Labradas a Lebrancón, si bien en este último conjunto de pueblos, en torno a 1926, se producen nuevas segregaciones. Hoy Fuenbellida, por ejemplo, sigue siendo municipio. 

El otro momento de fiebre fusionadora fue la década de 1968 a 1977; fueron años muy duros para el campo molinés, y  desde Madrid y Guadalajara se impusieron agregaciones que, en nuestra opinión, supusieron en muchos casos acelerar el proceso de disolución de los pueblos. Se trataba de lugares que habían tenido una larguísima tradición institucional, y cuyos representantes habían participado en la Común durante siglos; si bien la Común ha respetado siempre, respeta hoy y esperemos que siga a respetando en el futuro su naturaleza de asocio de pueblos, no solo de municipios.

Casa Lugar de Motos
Motos fue uno de los pueblos fusionados (en este caso a Alustante) en la década 1968-1977.
Fte. imagen: elaboración propia.

Y es que entendemos, ya no solo para nuestra comarca sino para todo el medio rural español de interior, que la solución institucional local no está en la fusión de municipios, ni en la supresión de ayuntamientos, sino en el asocio de pueblos con representación activa en instituciones comarcales de acuerdo a los Estatutos de Autonomía, pues son muy pocas las Leyes Orgánicas de este tipo que no hablan de una ordenación comarcal en el marco regional, aunque solo Aragón y Cataluña la hayan materializado (Precedo, 2006; Precedo y Mínguez, 2007).

Instituciones potentes, que posean un funcionamiento democrático, actual y/o actualizado, útiles para las necesidades de los ciudadanos de los pequeños municipios, que no estén impuestos desde arriba, y estén basados, fundamentalmente, en criterios identitarios comunes, tan importantes en la psiquis individual y colectiva, porque no sólo de pan vive el hombre. Nosotros tenemos ya la materia prima, ¿a qué… esperamos pues? 

La Común ya era definida en el siglo XVIII como un Ayuntamiento de ayuntamientos y creo que es una de las más sabias soluciones institucionales que hemos podido heredar, más aún teniendo en cuenta nuestra realidad social actual y las espada de Damocles que supone la llamada Ley de racionalización y sostenibilidad de la Administración Local, pendiendo sobre nuestras cabezas. Ahora bien, para que esta herencia recobre valor se necesitan muchas ganas de trabajar.

Por último, en esta tabla introducimos unos datos que requieren mucho más estudio y explicación, referentes a la nómina de despoblados. Se trata del momento en el que los términos de dichos despoblados se adscriben a un municipio concreto. Hay que tener en cuenta que durante el Antiguo Régimen los términos de los despoblados a los que aludimos en la tabla no pertenecían a un pueblo concreto sino que sus titulares eran, por un lado Su Magestad, o sea la Corona, en el caso de Zafra y Almallá, por tratarse de un castillo y unas salinas de propiedad real, respectivamente, y el Común de la Tierra en el resto de los casos expuestos.

En el Catastro del Marqués de la Ensenada (1751-52), la gran mayoría de los despoblados del Señorío aparecen en respuestas aparte de cualquier lugar o villa, como si fueran unos más de los pueblos. Desde las postrimerías del Antiguo Régimen parece existir una cierta tendencia a adscribir a uno u otro término municipal cercano el ámbito amojonado de los despoblados, aunque esta adscripción no implica la propiedad de los despoblados por parte del ayuntamiento.

En el caso de El Pedregal, no solo no se adscribe el despoblado a ningún pueblo vecino, sino que en 1813 logra constituirse de nuevo como lugar poblado, con Ayuntamiento Constitucional (López Beltrán, 1981: 301-309). Un precedente mucho más remoto fue el de Campillo de Dueñas el cual, tras declararse despoblado, volvió a poblarse en torno a 1522, recuperando su estatus de lugar realengo (Herranz, 1913: 25). En ambos casos, y pese a su distancia temporal, se observa una fuerte resistencia del Común de la Tierra a que se repoblaran ambos lugares, pues sus rentas, como las de los otros despoblados, eran utilizadas para compensar los gravámenes a los que estaban sometidos los vecinos de las aldeas.




Fuente del Gato. Siglo XVI. 
Uno de los vestigios más antiguos de la segunda repoblación de Campillo de Dueñas.

Cabe pensar que fue a raíz de las desamortizaciones del siglo XIX, concretamente la promovida  por  la Ley de 1 de mayo de 1855 de Desamortización civil de bienes propios de los pueblos y comunidades, cuando los términos de los despoblados comienzan a subastarse y adjudicarse a particulares y, en función de la vecindad de éstos, adscribirse a un término u otro. En algunos casos los términos de los despoblados acabaron repartidos entre varios términos municipales, en procesos no exentos de litigios que se concentran entre 1850/51 y 1890.

 Como señalábamos en la entrada anterior, al tratar sobre estos temas no pretendemos resucitar viejos desencuentros, ni ganas. Todo lo contrario. Acercarnos a nuestra historia nos ofrece cada vez más datos y argumentos para confirmar que nuestro pasado, lejos de poderse definir como una historia atomizada de pueblos aislados, como se ha pretendido a veces, es un larguísimo proceso de recorrido común. No siempre fácil, por su supuesto, pero de tan tupida urdimbre que no cesa de remitirnos a una estrecha relación de unos con otros. Acaso, estos tiempos recios que corren sean el momento adecuado para restaurar lazos de solidaridad que, si bien jamás se han perdido del todo, el tiempo y otros agentes los han ido erosionando.

* * *

Permítanme comunicarles un viejo sueño, no solo mío, claro: unas futuras elecciones en las que los vecinos y vecinas del Señorío de Molina, en urna aparte de las municipales y autonómicas, cada uno en nuestro Ayuntamiento, eligiéramos representantes comarcales: a nuestro/a procurador/a general y nuestros/as sesmeros/as, a sabiendas de que estarían obligados a trabajar duro por para los ciudadanos y ciudadanas de la comarca, que para eso se les ha elegido, directamente, sin intermediarios.

 Unas autoridades responsables, no solo de sus demarcaciones subcomarcales, las sesmas y la ciudad de Molina, que también, sino además de sus distintas competencias y obligaciones: bienestar social, economía, medioambiente, cultura... y entenderse con las instancias autonómicas y municipales. También con los consejos de otras comarcas, castellanas y aragonesas, que es muy bueno relacionarse con el vecino. Una Comunidad en cuyas Juntas Generales, por ley, por uso y costumbre TODOS los pueblos participaran en igualdad de oportunidades. En esta futura comarca, la históricamente controvertida figura del presidente nato ha desaparecido; tampoco se oye hablar de diputaciones.

Aunque, con ciertos ramalazos de hobbesianismo como buen hombre de pueblo, uno aún conserva la fe en el ser humano. Comenzar a poner los sesos a remojo en esta coyuntura tan apremiante, a la luz de las posibilidades que aún ofrece la Ley, no estaría de más. Por el momento, mis mejores deseos para las elecciones del domingo que viene a los hombres y mujeres de bien, vecinos de la comarca del Señorío de Molina, electores y elegibles.


Recreación virtual de la tercera urna...
Fte.: Elaboración propia.

Bibliografía:
CABAÑAS GONZÁLEZ, Mª Dolores (Ed.). Fuero de Molina. Guadalajara: Diputación Provincial de Guadalajara, 2013.
Censo de la Corona de Castilla, 1591. Madrid: INE, 1984.
Censo de pecheros. Carlos I, 1528. Madrid: INE, 2008, 2 tomos.
Colección de fueros y cartas pueblas de España. Madrid: Imprenta de la Real Academia de la Historia, 1852.
HERRANZ MALO, Julián. Historia de Campillo de Dueñas, pueblo del Señorío de Molina. Barcelona: Librería religiosa, 1913.
LÓPEZ BELTRÁN, Juan José. Síntesis histórica del Señorío de Molina, sus sexmas y pueblo de El Pedregal. Valencia: 1981.
MINGUELLA Y ARNEDO, Toribio, Historia de la Diócesis de Sigüenza. Madrid: Taller Tipográfico Box, 1910-1913, 3 vols.
PRECEDO LEDO, Andrés y MÍNGUEZ IGLESIAS, Alberto. “Una nueva perspectiva técnica de desarrollo territorial como soporte para la cooperación intermunicipal y la comarcalización” en VVAA. Innovaciones en política territorial. Comarcas y otras experiencias internacionales de cooperación intermunicipal. Zaragoza: Fundación Económica Aragonesa, 2007, pp. 63-107.
PRECEDO LEDO, Andrés. “Cooperación Intermunicipal e identidad territorial en espacios rurales: el futuro de la comarca” en Urban Public Economics Review, nº 6 (2006), pp. 141-142.
SANCHO IZQUIERDO, Miguel. El fuero de Molina de Aragón. Madrid: Librería General del Victoriano Suárez, 1916.

Documentación:
Biblioteca del Palacio Real. Madrid.  II-2421. Fuero de Molina. Copia de Francisco Díaz. (1474-10-05).
“R.D. de 27 de junio de 1916, por el que se hace relación de los 573 Ayuntamientos de España comprendidos en la propuesta de la Real Sociedad Geográfica cuyos nombres se modifican” en  La Gaceta de Madrid, nº 184 (02-07-1916), pp. 11-16.